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  • ¿Por qué estamos contra una candidatura “única” de izquierda en las elecciones?

    Cucaracha conocida no pasa a través de gallinero.
    De nada sirve llorar sobre la leche derramada.
    No confíe en la suerte. El triunfo nace de la lucha.
    Sabiduría popular brasileña

     

    Estamos ante mucha presión por una candidatura única de izquierda. Uno más en política no es igual a dos. La izquierda debe tener la lucidez de unirse contra los enemigos comunes. Sí, hay uniones que fortalecen, como el Frente Único contra los fascistas. O el Frente Único contra Temer. O el Frente Único por el derecho de Lula ser candidato.

    Pero un frente electoral exige mucho más que la disposición de luchar contra enemigos comunes. Exige, también, para acreditarse seriamente como una alternativa, algo más, algo más allá que la sola formulación de un programa en el papel. La alianza en torno a Boulos/Sonia Guajajara se ganó el derecho a presentarse en las horas decisivas de la lucha de clases de los últimos cinco años. Ganó legitimidad en las calles en junio de 2013, y en la lucha contra el impeachment. Algunos en la izquierda estuvieron muy bien en junio de 2013, como el PSTU y otras fuerzas en la izquierda. Pero se posicionaron muy mal en la lucha contra el golpe en 2016. Otros, como la mayoría del PT, escogieron a la inversa, pero eso no es menos grave.

    Un frente electoral es de naturaleza distinta que un frente único para luchar por objetivos específicos, porque exige un programa. No puede ser construido solamente contra los enemigos comunes o las reivindicaciones parciales. El programa electoral no puede ceder a las presiones posibilistas o a las tentaciones maximalistas.

    ¿El PT estaría realmente dispuesto a autocríticas del balance de los trece años? ¿Alguna autocrítica? El PT estaría dispuesto a criticar el impacto del trípode macroeconómico que se puso de pie con Palocci, cuando estaba asociado a la consultoría de, nada menos que, Delfim Netto? ¿Y reevaluar la propuesta de reforma de la previsión social defendida por Dilma Rousseff con Joaquim Levy al frente de Hacienda? ¿Algo que decir sobre las privatizaciones? ¿O sobre las alianzas con el agronegocio? ¿O sobre los compromisos con la gobernabilidad, vía el Congreso Nacional? ¿Está dispuesto a defender el fin de la Ley de Responsabilidad Fiscal y la búsqueda del superávit fiscal, por ejemplo? ¿Está dispuesto a criticar las alianzas, con el Centrão por algunos años, y con el PMDB?

    ¿Exigir estas evaluaciones sería exigir demasiado? ¿Sería el ultimatismo? ¿Será posible pensar en un futuro para la izquierda sin sacar lecciones de estas experiencias? La respuesta lúcida, madura, clara, cristalina, inevitable es no. Para el PCdoB el camino para una coalición con el PT es diferente que para la Alianza construida por el PSOL. El PCdoB participó en los gobiernos de Lula y Dilma, porque había acordado en lo fundamental con los programas de los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff. Durante trece años no hicieron diferenciación alguna. El PSOL no tenía acuerdo.

    Seamos serios. Mantengamos el respeto. Tenemos responsabilidades inmensas. Aquellos que construimos la candidatura Boulos/Guajajara creemos que hay que encender una nueva esperanza en la izquierda. El PSOL fue oposición de izquierda a los gobiernos del PT en función de estas y otras diferencias programáticas. Pensamos que no fue errónea esta ubicación estratégica. Además, las elecciones serán en dos turnos. Como ya quedó claro, el PSOL es un aliado honesto en la lucha contra la persecución al PT, y Boulos no será un obstáculo para que Lula pueda ser candidato.

    Y la honestidad importa. El PT no debería ser un obstáculo para que Boulos y la Alianza construida por el PSOL puedan defender otro programa. Debería tener grandeza, considerando el lugar del MTST y del PSOL en la lucha contra el impeachment. El PSOL y el MTST tuvieron una posición de principios. El PSOL y el MTST estuvieron juntos también, junto a la mídia ninja, en las calles en las jornadas de junio, cuando el PT estaba en el ayuntamiento de São Paulo y en el gobierno en Brasilia. La Alianza en torno a Boulos y Sonia Guajajara puede presentarse ante los sectores organizados de los trabajadores y de la juventud con la cabeza erguida. Su papel será el de llamar a la lucha a los que perdieron la esperanza. Lo que se necesita es inflamar el ánimo de los que cayeron en el desaliento. El lugar de la izquierda en las elecciones es convocar a la mayoría del pueblo a confiar en la fuerza imbatible de su movilización.

    Porque la alianza es una chispa para las movilizaciones que vendrán. Solo la lucha cambia la vida. Será un instrumento útil en la lucha para sacar a Bolsonaro de la segunda vuelta. Será un punto de apoyo para la organización de miles de activistas para las luchas que vendrán. Esta actitud debe expresarse en los criterios para la elaboración del programa.

    Un programa electoral de izquierda debe ser un programa de movilización. Un programa electoral responde a la disputa política. La disputa política es la forma en que se debate la lucha por el poder. Es decir, a la cuestión de quién debe gobernar, cómo gobernar y contra quién gobernar. Deben ser ideas poderosas para entusiasmar, cautivar, encender, encantar la rebeldía de la juventud y del pueblo. Deben inspirar a que otra vida es posible. El eje del programa de las candidaturas Boulos/Guajajara es, correctamente, la lucha contra las desigualdades sociales que explican los dramas que castigan la vida de la inmensa mayoría de los trabajadores y del pueblo. Las propuestas se centran en la idea de que sin lucha y participación popular no es posible cambiar Brasil.

    No es raro que se confunda un programa electoral con una plataforma de reivindicaciones sindicales o populares. O con un programa de gestión del Estado, un programa de gobierno. No es ninguno de los dos. Una plataforma de reivindicaciones expresa demandas que una categoría de trabajadores, como los profesores en lucha por la valorización salarial, o un movimiento popular, como el de lucha por la vivienda o por la tierra, presentan como exigencias a un gobierno de turno. Son reivindicaciones específicas. Pero, aun cuando son reivindicaciones unitarias, una plataforma de reivindicaciones tiene una naturaleza distinta de un programa electoral. El año pasado, por ejemplo, el repudio a las propuestas de reforma de la seguridad social fue el combustible para la realización de una de las mayores huelgas generales desde los años ochenta. Esta plataforma de reivindicaciones tenía el objetivo de construir un frente único para la acción. Ella tenía que ser un denominador común que cimentara el frente único de las centrales sindicales (CUT, Força Sindical, Nova Central, CTB, CSP/Conlutas, y otras) y movimientos sociales. En las elecciones, cada partido presenta sus propuestas. El papel de la Alianza PSOL/PCB y los movimientos sociales es presentar sus propias propuestas.

    La elaboración del programa electoral debe estar contextualizada por un análisis de cuáles son los problemas más graves que afectan a los trabajadores y al pueblo. Pero ello está condicionado por un análisis de la coyuntura política. Las condiciones impuestas por la coyuntura adversa cuentan. Si no, el programa electoral sería, esencialmente, siempre el mismo, sin importar si las elecciones se realicen en 1998, 2028, o en 2018. Somos socialistas, y debemos defender la necesidad del socialismo en las elecciones. Sería políticamente deshonesto y, por lo demás, absurdo, ocultar nuestra identidad programática, nuestro proyecto histórico. Pero la defensa del socialismo o de la revolución no es, en sí y por sí misma, un programa electoral. No podemos concurrir en Brasil con el programa de la Comuna de París de 1871. Nuestro programa electoral debe reconocer las condiciones en que se realiza la disputa. Estas condiciones son, fundamentalmente, dos: después del golpe parlamentario-institucional de 2016, y la secuencia de trece años de gobiernos de conciliación de clases bajo el liderazgo del PT. Disminuir el impacto de las terribles secuelas originadas por el golpe nos dejaría separados de la experiencia práctica de decenas de millones que están viendo sus vidas empeorar día a día tras el impeachment de Rousseff. Desconocer el balance de los trece años de gobiernos liderados por el PT nos deslegitimaría como una nueva alternativa de izquierda.

    El programa electoral debe identificar contra quién luchamos y nuestra decisión de derrotarlos. Grandes movilizaciones de masas no se mueven solo por indignación o por la percepción de la injusticia. Necesitamos, también, tener gente activa que crea que puede ganar, aunque sean victorias parciales. La perspectiva de que las victorias son posibles importa. Por más modestas, por pequeñas que sean o por más invisibles que puedan parecer, esas victorias siembran una disposición por más movilización que todos los “llamamientos a la resistencia”. Disminuir el drama de la vida de las personas con ligereza es de una rigidez doctrinal imperdonable. Las propuestas serias no son lo mismo que las propuestas “viables”, y no pueden reducirse a ellas. Las propuestas serias deben ser concretas. Las propuestas serias deben ser iniciativas por las que vale la pena luchar. Las propuestas “viables” es una fórmula que desconsidera que la primera responsabilidad de una izquierda radical es demostrar que hay que cambiar las condiciones de la lucha política. Una izquierda que no es útil es inofensiva. Una izquierda útil debe ser peligrosa.

    Un programa electoral tampoco necesita ser un programa de gestión. Un programa de gestión necesita considerar incontables factores, entre ellos, el tiempo. Fantasear con que un partido de izquierda al llegar al poder podría hacer lo que quisiera, sería infantil y tonto. ¿Qué hacer inmediatamente para garantizar que el gobierno no sea derribado? ¿Cómo construir las condiciones a medio plazo para tomar tales o cuales medidas? Imaginar que se pueda, anticipadamente, encontrar todas las soluciones, desconociendo a los enemigos y sus iniciativas, es ingenuo y doctrinal. No hay fórmulas universales preestablecidas para enfrentar a las fuerzas reaccionarias. A no ser un criterio que pasó la prueba en el laboratorio de la historia: no es posible luchar por la transformación de la sociedad sin despertar la furia contrarrevolucionaria de la clase dominante.

    Imagen: kandisnky 1911

     

    TEXTO ORIGINAL

    Por que somos contra uma candidatura ‘única’ de esquerda nas eleições?

  • Brasil está paralizado: es tiempo de ampliar la lucha

    Editorial de 28 de maio

    La huelga de camioneros estremece a Brasil. Después de siete días de paralizaciones y  bloqueos de carreteras, el desabastecimiento de combustible y alimentos afecta a todo el país. En los supermercados, algunos productos  ya tienen los precios elevados por la escasez de mercancías. Además, las fábricas están con la producción parcial o completamente paralizada. Es decir, Brasil está paralizado por la huelga de camioneros.

    Muy débil y acobardado, el presidente Temer hizo nuevas concesiones el último domingo (27) con la finalidad de poner un fín en la movilización, atendiendo parte de las reivindicaciones de los camioneros, como la reducción del precio del diésel – 46 centavos – por sesenta días y del precio mínimo de cargas y la gratuidad del peaje para camioneros que transitan vacíos, con el eje suspendido, entre otras medidas de negociación.

    Sin embargo, este lunes por la mañana (28) todavía no estaba asegurado el término de la paralización. Mientras parte de los camioneros se preparan para retomar las actividades, otra parte afirma que la huelga sigue hasta el derrumbe del gobierno. Até o final do dia de hoje, ficará mais nítido se a greve seguirá ou não.

    Después de clamar a la represión de las Fuerzas Armadas y de la policía militar contra los manifestantes, Temer retrocedió en la política y aprobó una medida que perjudica el conjunto de la población brasileña para negociar con los camioneros. La medida que propone tiene como objetivo baratear el diésel y, para eso, reduce el PIS y el COFINS, impuestos importantes en el financiamiento de la Seguridad Social. La solución debería ser otra. Es necesario reducir el precio de los combustibles y del gas de cocina – no sólo el precio del diésel – modificando, así, la política de precios de la Petrobras. Actualmente, la política de precios atiende exclusivamente a los intereses de los accionistas privados y de las petroleras extranjeras. Es necesario proponer una nueva política de precios que no reduzca las inversiones en las áreas sociales.

    Una huelga progresiva, pero contradiciones
    La paralización de la carretera cuenta con amplio apoyo popular y es protagonizada por camioneros autónomos, camioneros empleados – es decir, con sueldo mensual y contratados por empresas – y también por empresarios del sector de transportes. Es, por tanto, un movimiento policlasista, que involucra tanto a trabajadores como a los patrones. Sin embargo, es evidente el destaque de los camioneros autónomos en el movimiento. La paralización patronal (lockout) existió, aunque no haya sido el factor determinante de la huelga, que ahora enfrenta su período más radicalizado.

    Por otro lado, la principal reivindicación – la reducción del precio de combustibles – es justa y sirvió como detonador de la rebelión popular.

    Con la huelga, se evidenció la desastrosa política de precios de la Petrobras que oscila con los mandos y desmanes del capital internacional. Los sucesivos aumentos de precios de combustibles penalizan a la mayoría de la población e hieren la soberanía nacional. Solo los banqueros, las  empresas petroleras extranjeras y especuladores internacionales lucran. Esta política sirve a la privatización de la Petrobras, que está a merced de los intereses del mercado financiero y no de las necesidades de los trabajadores y del desarrollo de la Nación.

    El movimiento de los camioneros es progresivo por su principal reivindicación, por enfrentarse objetivamente a la  política privatista de la dirección de la Petrobras y por estimular otras luchas de los trabajadores. Con todo, existen contradicciones significativas en el movimiento: la extrema-derecha y los empresarios disputan el sentido político de la huelga. Jair Bolsonaro, por ejemplo, cuenta con el apoyo de una buena parte de los camioneros y ha declarado su respaldo a la movilización, así como el grupo MBL y otras organizaciones de la extrema-derecha. Estos sectores se aprovechan de la crisis para enarbolar su bandera de “intervención militar”, que ha ganado fuerza en los últimos días, a pesar de la represión de las Fuerzas Armadas en las carreteras. Existe el peligro real de que el movimiento sea dirigido y capitalizado políticamente por las fuerzas reaccionarias.

    Para que eso no ocurra, es necesario disputar los rumbos de la coyuntura en la cual la huelga se desarrolla. Los sectores de la izquierda que tratan la huelga como una expresión únicamente reaccionaria  se equivocan y, por lo tanto, abren camino para la extrema-derecha aumentar y consolidar su influencia. Igualmente se equivocan las organizaciones de izquierda que menosprecian la participación empresarial y la influencia de las fuerzas políticas reaccionarias, mirando, así, solo a los aspectos positivos de la paralización.

    Poner la clase obrera en marcha y frenar el avance de la extrema-derecha
    Creemos que es indispensable apoyar a la huelga de los camioneros con un programa político independiente y que sirva a los obreros y enfrentar a los sectores de derecha y extrema-derecha que han actuado en el proceso. Por otro lado, es necesario aprovechar ese momento para poner en escena el movimiento organizado de otras categorías obreras, como los petroleros, electricistas, metroviarios, empleados públicos, profesores etc. Si la clase obrera se pone en marcha organizadamente, es posible obtener conquistas.

    Los petroleros, la categoría estratégica y con mucha tradición de lucha, señalaron una paralización nacional de tres días el próximo miércoles. Este lunes, paralizaciones y manifestaciones ya ocurrieron en diversas refinerías y terminales petroleros de la Petrobras. Es, por tanto, una movilización imprescindible en la coyuntura actual y que debe ser apoyado por toda la clase trabajadora. En este momento de profunda crisis social y política, es necesario disputar la coyuntura a la izquierda, sin vacilaciones. Mientras el gobierno Temer agoniza, la burguesía está perdida y la derecha tradicional está acorralada, la extrema-derecha actúa con precisión para aprovechar en momento y ganar espacio. La gran mayoría de la izquierda y de las centrales sindicales están, hasta ahora, paralizadas en esta coyuntura crítica. El PT y la CUT, por ejemplo, ya no hicieron más que declaraciones protocolares y electoreras. Las centrales sindicales, de forma absurda, se pusieron como mediadora del conflicto, en vez de ampliar la lucha. Así facilitan el avanzo de Jair Bolsonaro y el discurso de la intervención militar. El candidato fascista tiene fuerza, pero aún no es la mayoría entre el pueblo y los trabajadores. La izquierda y los sindicatos tienen fuerza política para disputar el proceso.

    En este sentido, las centrales sindicales, los movimientos sociales y partidos de izquierda precisan reunirse inmediatamente para marcar la fecha de un día nacional de lucha. Un día de paralización y movilización que enarbole la bandera de la reducción inmediata del precio de los combustibles y del gas de cocina sin reducción del financiamiento de la Seguridad Social, por la defensa de una nueva política de precios de la Petrobras y la dimisión del presidente de la empresa Pedro Parente, por la defensa de la Eletrobras contra la privatización, por trabajo, sueldos dignos, la revocación de la Reforma Laboral y el fin del congelamiento de gastos sociales. Es fundamental, también, defender una reforma tributaria que suprima los impuestos de los trabajadores y los más pobres y aumente la tasación de los más ricos, bien como defender a las libertades democráticas amenazadas, exigiendo la libertad de Lula y justicia para Marielle y Anderson.

    La recuperación económica propuesta por Temer ha fracaso y la crisis social se profundiza todos los días. Dos años después del golpe, el desempleo ha aumentado – ya son casi 30 millones de brasileños desempleados o subempleados –, no hay más recursos financieros para la educación, salud y viviendas, los sueldos bajaron y la violencia social crece cada día. El programa económico de “ajuste” y “reformas” ha beneficiado solo los super-ricos, mientras la gran mayoría de la población vive el aumento de la pobreza y la desigualdad.

    La clase trabajadora está pagando la cuenta de la crisis. El malestar es generalizado. Es momento de unir fuerzas para luchar y ponerse en marcha para impedir el avance de la extrema-derecha y capitalizar la justa reivindicación de los camioneros y el descontentamiento del pueblo trabajador.

  • Resultados electorales en Venezuela

     

     Pela urgência do tema com a ofensiva do governo americano e seus governos títeres da América Latina (incluído com grande destaque o do ilegítimo e desprestigiado Temer) contra o governo venezuelano após o fracasso de seu plano de derrotar o regime de Maduro eleitoralmente, publicamos este texto em espanhol antes da tradução em português (Editoria Internacional).

    El 20 de mayo se dieron las elecciones presidenciales en Venezuela, en el marco de una polémica internacional sobre su legitimidad. Bajo la dirección política del Departamento de Estado de los EEUU, la OEA, la Comunidad Económica Europea y un grupo de presidentes latinoamericanos disciplinados a la política contra Venezuela auspiciada por los EEUU, han rechazado el proceso electoral venezolano por no acogerse a los “parámetros internacionales”, o para ser más claros, por no garantizar espacios para la oposición política sostenida y financiada por el imperio norteamericano.

    Al interior del país, la situación es otra. El proceso electoral se dio en medio de la peor crisis económica, con una inflación superior al 6000% en los últimos ocho meses destruyendo al salario, el poder adquisitivo y el nivel de vida del venezolano común. Un proceso político acosado por la presión internacional capitalista y ahogado financieramente por un bloqueo criminal. En este marco, la oferta electoral era la de un voto de respaldo al gobierno en contra de la guerra económica adelantada por el imperio norteamericano que fue el centro de la campaña chavista, o la propuesta de dolarizar la economía, someterse a las directrices del FMI y entrar dentro del “concierto internacional” del que Venezuela se ha aislado, centro de la campaña del principal candidato opositor.

    La burguesía venezolana, vinculada orgánicamente al imperio norteamericano y al negocio internacional petrolero, se han planteado la liquidación de la revolución bolivariana iniciada en 1999 con el triunfo de Chávez, y que tiene como hitos históricos la rebelión popular del febrero de 1989 contra el paquete de medidas fondomonetaristas (caracazo), la rebelión de los mandos medios militares del 4 de febrero de 1992 liderada por Hugo Chávez, la derrota del golpe fascista en abril de 2002 y la derrota del sabotaje petrolero de enero de 2003. Hitos de movilización popular que pusieron en jaque al estado y las instituciones burguesas.

    La Mesa de la Unidad Democrática (MUD), última expresión de la coalición burguesa contra el proceso bolivariano, se ha planteado desde hace varios años cuatro salidas:

    1. La derrota electoral del chavismo, mediante un candidato que aglutine una mayoría electoral de rechazo al chavismo a partir de la campaña de desprestigio político de la dirección chavista y la difícil situación económica.
    2. Una relación electoral favorable a la derecha (aunque no signifique una derrota electoral del chavismo) que en conjunto con la presión internacional obligue al chavismo a ceder espacios para un gobierno de acuerdo con la derecha.
    3. La implosión interna del chavismo, producto de la presión política y económica sobre cuadros altos y medios del proceso bolivariano (especialmente militares), las diferencias internas dentro del gobierno bolivariano y los desaciertos de la política económica.
    4. La implosión del proceso bolivariano producto del caos generado por una rebelión popular contra la difícil situación económica que vive el país que justifique la intervención extranjera.

    A lo interno de la MUD, y consecuentes con la visión del Departamento de Estado gringo, la primera opción, e incluso la segunda, han sido descartadas por los momentos, no sólo por un inexpugnable sistema electoral que prácticamente impide fraude (el más blindado del mundo), pero sobre todo cualquier negociación política ajena a los resultados numéricos del proceso de votación sino también por la existencia de una maquinaria electoral chavista que se ha convertido en un escudo político protector del sistema electoral.

    Por lo tanto, el eje político de la acción opositora está centrada en lograr la implosión del proceso bolivariano a partir del estallido del chavismo (opción 3). Aunque la opción de un estallido popular (opción 4) está en el plan, una situación de caos, de desorden interno y elementos de guerra civil que “invite” a la comunidad internacional a intervenir, la realidad es que en un país que ha vivido cuatro rebeliones populares en veinte años, es posible que una quinta rebelión termine por volar por los aires los remanentes del sistema capitalista que aún sobreviven en Venezuela.

    Por eso todas las acciones, las protestas callejeras de la guarimba el año pasado, la presión directa sobre los cuadros militares y de PDVSA, el cerco económico, la propaganda aupando la emigración y las sanciones directas contra dirigentes gubernamentales con acusaciones genéricas y sin pruebas de narcotráfico y corrupción, están dirigidas a introducir palancas en fisuras internas producto de un descontento real con la situación económica y la política errática del gobierno.

    Pero a pesar de la disciplina impuesta por el flujo de dólares internacionales a la oposición, la política de propiciar el caos está lejos de ser de consenso. Los cuadros políticos de la oposición, menos influenciados por el Departamento de Estado y la burguesía nacional pro fascista, han considerado a esta política como aventurera y golpista, haciéndola responsable del fortalecimiento del gobierno en medio de la peor crisis económica.

    La derrota de la violencia guarimbera y la elección de la Asamblea Constituyente, dos caras de una misma política que confluyeron en un mismo día (el día de la elección de la Constituyente fue el último día de violencia de la guarimba) le dieron a Maduro una aureola de “conductor de victorias” (en clara referencia a su origen obrero, chofer de autobús de transporte colectivo). Semanas antes, todos los analistas políticos, incluso los indudablemente chavistas, veían al gobierno al borde del K.O. y consideraban como salida un acuerdo de gobernabilidad derivado de un “dialogo nacional” (Opción 2). La derrota de la guarimba le dio la fortaleza al gobierno para convocar en apenas diez meses tres elecciones más: gobernadores, alcaldes y ahora presidente.

    La crisis interna de la oposición producto de la derrota de la guarimba fue agravada por el inmediato revés en las elecciones de gobernadores y una inútil abstención en las elecciones de alcaldes. La presión del Departamento de Estado los levantó de la mesa de negociación en República Dominicana, donde ya habían aceptado hasta la fecha de las elecciones presidenciales. Más difícil aún fue disciplinar a la MUD a no participar en el proceso. Si se logra, no es porque haya acuerdo político, es por la amenaza de detener el flujo de dólares, sin lo cual es imposible siquiera soñar en derrotar la maquinaria electoral chavista. Aún así, Henry Falcón, ex gobernador, junto con otros partidos entre ellos los tradicionales COPEI y el MAS rompieron la disciplina de los dólares.

     

    Henry Falcón: candidato de la derecha

     

    La ruptura de Henry Falcón con la línea de la MUD, el haber militado en las filas del chavismo (aunque rompió con el mismo Chávez hace varios años) y el apoyo de varios ex chavistas quisieron presentarlo como un candidato de la izquierda, o en el mejor de los casos de centro izquierda. La vieja izquierda y la intelectualidad “izquierdosa”, que siempre jugó a colocarse en la frontera del chavismo, con una crítica aparentemente justificada, pero que sólo devela la intención de no comprometerse con nada ni con nadie, ha vivido en crisis existencial en estos dos últimos años.

    Algunos vieron una rebelión “popular” en la actividad de violencia fascista desarrollada por la clase media aupada por la oposición durante las guarimbas del año pasado. Luego quedaron al garete poniéndole guindas de “izquierda” al discurso de la derecha que acusa al gobierno de dictadura violadora de los derechos humanos. Deben hacer malabarismo para justificar el rabioso discurso anticomunista y favorable a la intervención extrajera, como expresiones de “descontento popular”. Muchos de ellos han seguido un rumbo que parece indetenible hacia la derecha, pero otros vieron en la candidatura de Henry Falcón, la posibilidad de volver al ruedo político colocándose en el centro de lo que ellos identifican como “una polarización que conduce a un maniqueísmo político donde o se es chavista o se es fascista imperialista”. Con gusto confeccionaron el ropaje para dar a Falcón la imagen del socialista democrático que ataca por igual al imperialismo y a la dictadura chavista.

    Pero a pesar de los intentos de esa izquierda trasnochada, el propio Falcón y su comando de campaña diseñaron otra estrategia. Su objetivo electoral fue el descontento contra la situación económica y la clase media antichavista. No reivindicó a Chávez ni el socialismo (como le gusta a los exchavistas que intentan colocar a Maduro contra Chávez) sino que presentó un programa de restauración capitalista: inmediata dolarización de la economía (las vallas electorales con la foto de Falcón decían “dolarización ya”), acuerdo con el FMI para recuperación económica, devolución de empresas y tierras a sus “legítimos dueños”, privatización de las empresas del Estado y vuelta del país al concierto internacional.

    Henry Falcón nunca tuvo posibilidad de derrotar a Maduro ni tampoco lo creyó así. Hubo encuestas a nivel internacional que lo colocaron disputándole la presidencia a Maduro, pero eso tenía más que ver con la línea mediática de colocar a Maduro como presidente fraudulento. A nivel interno, nadie lo dio como ganador en ningún momento. En las encuestas de intención de voto ante la pregunta de ¿Quién cree que ganara las elecciones? el 92% respondía que Maduro.

    La estrategia de Falcón fue el de colocarse como referente para la votación antichavista. Si lograba él sólo una votación superior al 50% de la obtenida por la MUD coalicionada, se convertía en el abanderado del antichavismo. Volviendo a las opciones, mientras la MUD está orientada a una confrontación, Falcón apuesta a una salida electoral donde él sea el pivote principal y no la derecha fascista como hasta ahora.

    Y en esa estrategia, sin lograr colocarse como una alternativa para derrotar a Maduro, Falcón empezó a tener éxito. Las encuestas indicaron un crecimiento sostenido de su candidatura, de un 8% inicial hace cuatro meses a un 25% que le dieron algunas encuestas apenas a quince días de las elecciones. Este crecimiento, que tocó levemente a la base descontenta del chavismo, se basó fundamentalmente en la base de la MUD llamada a abstenerse.

    Si Falcón no fue un peligro para Maduro, sí lo fue para la MUD. Hasta principios de mayo, la MUD se mantuvo en silencio. La línea abstencionista exigía de los medios de la derecha un silencio total sobre el proceso electoral como si no existiera. Apenas las redes reflejaban la campaña internacional contra el proceso electoral, pero hacia adentro nada.

    De repente, a menos de un mes de las elecciones, se reactivó la MUD con una profusa campaña en la calle y los medios llamando a no votar, acusando a Falcón y Bertuchi (pastor evangélico de derecha) de traidores que servían de aval a la dictadura (algunos medios “descubrieron” relaciones familiares de ambos con dirigentes chavistas). Los más cínicos los acusaron directamente de ser responsables de que la dictadura de Maduro no hubiese caído todavía.

    Convocaron para el 14 de mayo, la semana del “rechazo a la farsa electoral de la dictadura” con el estilo tradicional de convocatoria de las guarimbas. Efectivamente, el lunes 14, se presentaron disturbios en varios centros universitarios que duraron poco. El martes 15, los diputados opositores de la Asamblea Nacional aparecieron en pleno en la sede que comparten con la Asamblea Constituyente. Golpearon a varias guardias nacionales que protegen el recinto. El objetivo supuesto era una sesión solemne para conmemorar el “día de Europa”. Un motivo bastante baladí para ir a una sede que no usan desde que se instaló la Asamblea Constituyente en julio del año pasado. El objetivo real era provocar una reacción chavista que generara un enfrentamiento atizado por los medios, pero, en la recta final de las elecciones, los chavistas, incluidos los constituyentes, estaban de cabeza en los barrios y pocos se enteraron del hecho.

    Igual sentido mediático tuvo el alzamiento el martes 14, en la noche de los presos en una cárcel destinada a reos en proceso donde están detenidos veinte guarimberos, entre ellos un norteamericano. A pesar de las denuncias de aislamientos y torturas, fueron profusamente seguidos por las redes e incluso un canal internacional transmitió en directo las declaraciones en ingles del prisionero norteamericano donde destaca los supuestos enfrentamientos violentos que en ese momento “ocurren en las calles”. Efectivamente, para el miércoles 16, se había convocado, reactivando la guarimba, “el trancazo contra la farsa electoral”, pero a pesar del intento, no ocurrió nada. No lograron ni un solo punto de concentración. La poca capacidad de convocatoria de la MUD no logró reactivar la guarimba, pero sí logró desinflar la candidatura de Falcón.

     

    Maduro: una campaña en contra del império

     

    El comando chavista nunca vio en peligro el triunfo electoral de Maduro, ni siquiera cuando en la última semana hubo presión de algunos para unificar las candidaturas antichavistas con un posible respaldo de la MUD a última hora. El desastre de la convocatoria guarimbera aseguró que no había forma de detener el proceso electoral donde era indiscutible el triunfo de Maduro.

    Pero otro problema era la abstención. Se trataba de garantizar una legitimidad política al triunfo de Maduro ante la amenaza de desconocimiento internacional. Maduro y el chavismo centraron su campaña en movilizar el sentimiento chavista, rescatar la imagen antimperialista de Chávez y convocar al patriotismo para dar una derrota contundente al enemigo externo, responsable de la situación económica. La campaña del imperio, nuevas sanciones y agresiones (embargo de activos petroleros en Aruba y bloqueo en Colombia de un barco cargado de toneladas de alimentos y medicinas para Venezuela) fortalecieron el acento antimperialista de la campaña.

    Olímpicamente se evadió el tema económico, la situación concreta del país, en el discurso de la campaña. Apenas se le mencionó como consecuencias de la guerra económica que adelanta el imperio contra el país. Pero la maquinaria electoral chavista, que prácticamente toca a cada venezolano directamente, empezó a resentir del descontento en las bases y dificultades para la movilización.

    La fortaleza del chavismo le permitió grandes concentraciones y movilizaciones en todo el país mientras ninguno de los candidatos opositores, ni la guarimba abstencionista, logró hacer ninguna movilización, pero se notó una caída en la capacidad movilizadora durante la campaña que algunos adjudicaron a la falta de un “contendor” electoral que animara la pelea.

    Pero era obvio que la tradicional maquinaria electoral chavista encontró un lecho de rocas que es el descontento real por la situación. La angustia diaria de conseguir la comida y los artículos de primera necesidad, el deterioro del nivel de vida, del sistema de salud y las políticas sociales, la migración de los hijos a otros países, la impunidad del comercio en la especulación y acaparamiento, la ineficiencia y corruptela en el gobierno para detener los efectos de la guerra económica, empiezan a hacer mella en la sólida base chavista, y lo que es peor, en las raíces populares de la revolución bolivariana.

    El propio Maduro empezó a dar un viraje en el discurso electoral e introdujo elementos tímidos de un plan económico. El anuncio del cambio del cono monetario (eliminación de tres ceros a la moneda) fue traído al debate electoral, cambiando el criterio que no eran temas electorales. En el cierre de campaña prometió encargarse personalmente de la lucha contra la guerra económica y derrotarla como derrotó la guarimba. Pero el acto de cierre, único y superior al de cualquier candidato, dejó el mal sabor de ser inferior a los grandes actos del chavismo hace cinco años.

    En estas elecciones, el fantasma de la derecha estaba derrotado, como nunca lo había logrado Chávez en doce años de gobierno. Esta vez no se trató de Maduro contra la derecha fascista ni siquiera contra un candidato outsider como Falcón. El triunfo electoral y la derrota de la derecha estaba garantizada antes de empezar las votaciones. Esta vez se trató de enfrentar el descontento dentro de las propias bases de la revolución que, sin pasar a la derecha, abandonan la movilización por la revolución, incluso la electoral. Y aunque la maquinaria chavista garantizó una importante movilización apelando al sentimiento antimperialista, sólo logró una victoria pírrica.

     

    Cifras electorales

     

    Con un padrón electoral de 20.527.521 electores, el segundo boletín correspondiente al 98,78% de las actas, señala una participación de 9.132.655 electores correspondiente a un 46,02% del total (53,98% de abstención), correspondiendo a Nicolás Maduro 6.190.612 votos (67,78% de los votos y 31,19% del padrón electoral), Henry Falcón 1.917.036 votos (20,99% de los votos y 9,66% del padrón), Javier Bertucci 988.761 votos (10,82% de los votos y 4,98% del padrón) y Reinaldo Quijada 36.246 votos (3.96% de los votos y 1,82% del padrón).

    Los resultados coinciden con las encuestas previas y los exit pool realizados durante la votación. La abstención estuvo por debajo de lo que anunció la campaña mediática internacional (apenas un 20% de participación anunciaban los más optimistas), pero fue la más alta registrada para un proceso electoral presidencial.

    La manipulación mediática intenta colocar la alta abstención como un triunfo de la derecha. Por otra parte, el chavismo coloca a Maduro como el presidente con mayor porcentaje de votos (casi un 70%) y una ventaja record sobre su principal oponente (más de 46% de ventaja). Pero obedece a un simplismo que intenta pasar por alto lecciones importantes del proceso.

    La derecha fue derrotada desde antes de iniciar el proceso de votación y no influyó nada en la abstención, y a pesar de la guerra mediática, en el país no hubo ninguna expresión de triunfo por una abstención superior al 50%. Por otra parte, el esperado triunfo de Maduro no oculta la abstención proveniente de sus propias filas.

    En un país con más de 34 mil mesas de votación distribuidas geográficamente de tal manera que permite sectorizar la intención de voto, se pueden tomar un par de ejemplos. En un sector de clase media alta, tradicionalmente opositor al gobierno donde la MUD ha sacado una votación de 60% con un 15% de abstención, los resultados fueron: abstención 67%, Maduro 25%, Falcón 7%, Bertucci 1% (porcentajes sobre el padrón electoral), señalando que la abstención absorbió los votos de la MUD sin crecer ni afectar la votación del chavismo.

    Pero en un centro de las barriadas populares donde el chavismo tradicionalmente asegura un 70% de los votos con una abstención de 15%, los resultados ahora fueron: abstención 41%, Maduro 49%, Falcón 6%, Bertucci 4%, reflejando un aumento de la abstención proveniente del voto chavista sin crecimiento importante de la votación de la derecha.

    En general, si el voto tradicional de la MUD se pasa a la abstención (restando lo obtenido por Falcón y Bertucci), la abstención en este proceso creció en un 12% a partir de la votación chavista los que supone una caída de 2,5 millones de votantes. Es traído por los pelos achacar la caída de votos a la migración no registrada o al saboteo evidente del transporte privado que desapareció durante el proceso electoral.

    La expresión más evidente fue la calle. El chavismo realizó una importante concentración en el Palacio de Miraflores en la misma noche del triunfo, en contraste con la oposición que no ha hecho ni una reunión para “celebrar” el supuesto triunfo de la abstención, pero tampoco existieron, como en el pasado los estallidos festivos en las barriadas que se mantenían hasta el amanecer. El pueblo, incluso el que votó, respiró tranquilo al conocer la derrota de la derecha, pero no salió a celebrar el triunfo de Maduro.

    Es una clarinada. El pueblo está descontento, no castiga al gobierno votando por la derecha (los pírricos resultados de Falcón lo demuestran), pero ya no se movilizan por la revolución bolivariana. La guerra y la ineficiencia del gobierno para enfrentarla hacen mella en las bases del proceso revolucionario abierto desde el caracazo. El chavismo, aún hoy dirección indiscutible de la revolución, está siendo cuestionado por las bases. El destino del proceso revolucionario depende, más que de la acción de una derecha derrotada apenas sostenida por la presión del capital internacional, de lo que haga la dirección chavista para garantizar la consolidación e irreversibilidad del proceso revolucionario.

     

    Mas socialismo. Mas democracia. ¡Todo el poder a las bases!

     

    La inercia en el gobierno, las respuestas coyunturales y efectistas, pero poco efectivas, generan cada vez mayor desconfianza sobre la capacidad para derrotar la guerra y el saboteo de la derecha. Al día siguiente de las elecciones todos los precios subieron al menos un 30%. En las colas para el pan, los comerciantes pregonaban “ahora tienen Maduro y hambre por seis años más”. Los ojos de la gente dejaban traslucir la rabia.

    La prepotencia de la derecha, supone en el descontento de la gente con el gobierno, un apoyo tácito a su política. Juegan con fuego con un pueblo curtido de insurrecciones callejeras. La rabia acumulada puede convertirse en un estallido social y la derecha olvida que ha sido el chavismo el dique de contención que ha impedido que la furia de un pueblo enardecido los liquide aún antes de ajustar cuentas con el gobierno.

    El pueblo quiere acción y autoridad, quiere que cese la impunidad con que se desarrolla el saboteo económico, pero empieza a desconfiar de la capacidad y eficiencia del gobierno e incluso señala a la corruptela burocrática de sectores del gobierno y los militares corresponsable de la crisis económica. En palabras de una dirigente comunal “tenemos un buen gobierno, pero no hace nada”.

    No hay una propuesta económica visible. La política de Chávez de construir el socialismo con núcleos paralelos, injertos al tejido del podrido capitalismo, no pudieron soportar la caída de una economía capitalista dependiente, rentista y parasitaria. El gobierno ha mantenido los programas sociales aun a costa de la viabilidad financiera del propio gobierno. Más del 80% del ingreso está dedicado a sostener esos programas conduciendo a una parálisis financiera del funcionamiento del Estado, pero aún así la efectividad de los programas sociales va en descenso ante la drástica disminución del poder adquisitivo debido al ataque despiadado contra la moneda, el cerco financiero y el sabotaje económico interno.

    La oposición desmantelada y casi sin apoyo, solo se mantiene a expensas de la presión del capital internacional que terminadas las elecciones anuncia medidas más fuertes que incluyen sanciones a lo que paguen cuentas pendientes con el estado venezolano y a la banca que maneje cuentas o créditos con Venezuela y su empresa petrolera. Es una burla la campaña indicando la situación de default de PDVSA. Cualquier petrolera, presenta como parte de su balance las expectativas de explotación futura de yacimientos petroleros que ni siquiera le pertenecen, sino que son concesiones. PDVSA es la única empresa que tiene explotación exclusiva de las mayores reservas de petróleo en el mundo y aun así quieren presentarla como una empresa en quiebra para hacerse por vía de embargos de los miles de activos que posee en el exterior.

    La campaña contra Venezuela no va a parar. Es una piedra en el zapato para el imperio del negocio petrolero. La revolución bolivariana aun campea en el patio trasero del imperio, y la coyuntura de gobiernos neoliberales puede cambiar de un momento a otro dada la debilidad del apoyo social de esos gobiernos. Venezuela sigue siendo para el imperio el enemigo a vencer.Eso no va a cambiar asi hayan resultados electorales espectaculares, mientrar exista la posibilidad de derrotar la revolución el imperialismo seguirá apostando a eso.

    Se trata entonces de fortalecer la movilización popular, pero no solo para procesos electorales, sino para enfrentar y derrotar definitivamente al enemigo interno y externo. Solo construyendo el socialismo, pero apoyándose en las bases sociales de la revolución eso es posible.

     

    Medidas de guerra ante la guerra económica

     

    Proteger la moneda. Hay que romper a lógica de relación con el dólar impuesta por el imperio a través del FMI y la Banca Mundial. Volver al patrón oro (y otros minerales, incluso petróleo). Un bolívar soberano referido a un equivalente en oro en las reservas del país. No tiene referencia con el dólar, ni oficial ni paralelo, sino de acuerdo al valor del oro. A diferencia de otros países, incluso EEUU, producimos oro lo que permite aumentarla liquidez de la moneda.

    Nacionalización inmediata de toda la banca impidiendo las manipulaciones de las transacciones financieras y el ataque a la moneda.

    Monopolización del comercio internacional prohibiendo la exportación o importación por privados. Penas severas al contrabando de extracción, en particular de artículos de primera necesidad. Cierre de las fronteras al comercio. La responsabilidad del contrabando de extracción recae fundamentalmente en la corruptela de los cuerpos de seguridad de las fronteras.

    Plan de emergencia de producción interna bajo control obrero, campesino y de las comunas. Hay que derrotar la anarquía capitalista. La producción socialista se puede y se debe planificar. Dividir al país en regiones y subregiones con base a su vocación y capacidad productiva, en el marco de un plan centralizado de producción. Cada subregión estará bajo control de las organizaciones obreras, campesinas y comunales a la que se subordinarán las instituciones estatales y militares para garantizar el plan nacional de producción y distribución. Penas severas al bachaqueo, la especulación y el acaparamiento.

    Protección del salario y el poder adquisitivo. Fijar el valor del salario mínimo, en moneda oro, de acuerdo a su poder adquisitivo en 2014, conforme al precio mensual de una cesta de productos básicos constituyendo una escala móvil mensual del salario.

    Romper el cerco financiero impuesto por el imperio cambiando la relación comercial que aún sigue basada en la compra y venta a EEUU y Europa. Priorizar relaciones comerciales con África, Asia y Latinoamérica al margen del dólar, con monedas concertadas e inclusive con trueque de productos. Convocar a la solidaridad internacional de obreros y campesinos para impedir el bloqueo de los gobiernos a las importaciones de alimentos y medicinas a Venezuela.

    Se trata de construir el socialismo propuesto por Chávez no a partir del Estado pesadamente burocrático, ineficiente y hasta corrupto, sino a partir de las organizaciones de base de trabajadores, campesinos y comunas.

    Solo la movilización del pueblo alrededor de una política de construcción de una economía socialista garantizara el triunfo de la revolución bolivariana.

     

     

  • Lo que venció en las elecciones del Sindicato de Trabajadores de la Construcción Civil de Fortaleza (CE)

    En la madrugada de este sábado, 19, se realizó el escrutinio de las elecciones del Sindicato de los Trabajadores de la Construcción Civil de Fortaleza (CE), después de tres días de un pleito muy disputado. A esta altura, muchos ya deben saber que la Chapa 1 – Unión y Lucha (PCB y Resistencia /PSOL) salió victoriosa, con 740 votos (36% de los votos válidos).

    En segundo lugar llegó la Chapa 2 (CUT /CSD), con 705 votos (34%), y por último quedó la Chapa 3 (PSTU), con 640 votos (30%). Lo normal, en el interior de la izquierda, ante un resultado disputado como este, es que los comentarios sobre el proceso busquen valorar las cualidades de la chapa ganadora, especialmente si quien escribe era partidario de ella.

    De hecho, tenemos mucho orgullo, como siempre dice Nestor Bezerra, de nuestros “guerreros y guerreras” que son responsables de la victoria de la Chapa 1. Pero lo que considero aún más importante destacar son los otros motivos que explican el resultado y también sus consecuencias políticas. Fue la victoria de una política y la derrota de otra, en el interior de la izquierda socialista. Fue la afirmación y el fortalecimiento de una política de unidad para luchar contra los ataques de los patrones y gobiernos; de un frente único de la izquierda socialista, para construir una nueva alternativa de independencia de clase, democrática y socialista y de la lucha sin tregua contra la extrema derecha y en defensa de las libertades democráticas de nuestra clase.

    Por eso, con todas nuestras diferencias con la política de conciliación de clases de la dirección del PT, llevamos a la campaña la defensa política y democrática de la libertad de Lula, preso y condenado sin pruebas. En el marco de la campaña, construimos también una gran actividad en el gremio con la presencia de Guillermo Boulos, nuestro precandidato a la presidenta de la República, por el frente político y social construido a partir del MTST, PSOL, PCB, APIB, entre otros movimientos sociales y las organizaciones políticas. La unidad para luchar fue la marca de la Chapa 1.

    Cabe resaltar que antes de la inscripción de las chapas, la Chapa 1 defendió la unidad de la CSP-Conlutas (Resistencia/PSOL y PSTU) y de la Unidad Clasista (PCB), pero esa posibilidad de unificar a toda la izquierda socialista en el proceso electoral de este importante sindicato, fue rota por la dirección del PSTU. La lucha de la Chapa 1 por la unidad del gremio siguió durante la campaña, defendiendo la unificación de todos los trabajadores y las organizaciones que actúan en el gremio en la lucha de la campaña salarial, que está abierta en este momento.

    El compromiso de la Chapa 1 fue construir la campaña salarial y la nueva gestión del sindicato buscando permanentemente la unidad de todo el gremio. El objetivo es dirigir el sindicato conjuntamente con todos los activistas, militantes y cipeiros (persona que integra la Comisión Interna de Prevención de Accidentes), independientemente de qué chapa participaron o apoyaron. Esta búsqueda permanente de la unidad para luchar y el frente único de la izquierda socialista fue la marca principal de la Chapa 1, y se salió victoriosa en las elecciones de los obreros de la construcción civil de Fortaleza.

    La campaña de la Chapa 1 ya fue la mayor expresión de esta unidad, pues fue garantizada no solo por los obreros de la chapa y por la militancia del PCB y de la Resistencia, sino que tuvo el apoyo decisivo de otros movimientos y organizaciones: MTST, las dos Intersindicales y de otras las corrientes del PSOL (Comuna, Insurgencia), entre otros grupos. La política del aislamiento y de la autoproclamación, expresada principalmente en la campaña de la Chapa 3 (PSTU) fue la gran derrotada de estas elecciones, quedando en último lugar del voto democrático de los trabajadores.

    De negativo, queda la campaña de calumnia y difamación hecha contra el camarada Nestor Bezerra, actualmente diputado estadual, y también contra otros integrantes de la Chapa 1, promovida por las otras dos listas. Esta campaña sucia, de bajezas y mentiras, esperábamos de sectores más degenerados de la CUT, pero, desgraciadamente, fue hecha también por la dirección mayoritaria de la CSP-Conlutas, hecho que debe ser repudiado por la base, entidades y movimientos de la central.

    Creemos que debe ser discutido en forma abierta en sus foros, para que, quien acusó, sea obligado a probar o retractarse con el compañero. Más allá de este grave problema, el momento es de dar vuelta la página. Basta de ataques, peleas y bajezas. El compromiso de la Chapa 1 es con la unidad del gremio y de toda la clase trabajadora. Y esa tarea fundamental empieza ahora, con la construcción de la campaña salarial, con la lucha contra los impactos de la reforma laboral y contra el desempleo, que asume índices alarmantes en el Nordeste y en el gremio. Es hora de unidad para luchar. ¡Vamos! Sin Miedo de Cambiar Brasil.

  • Dos años después: Diez argumentos para comprender el golpe jurídico-parlamentario

    El tiempo perdido no se recupera

    La fortuna se cansa de traer siempre a la espalda al mismo hombre.

    Sabiduría popular portuguesa

     

    1. Las explicaciones monocausales para los cambios desfavorables que abrieron la situación defensiva, con elementos reaccionarios, en que vivimos desde, al menos 2016, no son convincentes. El tema es demasiado complejo para formular hipótesis que privilegien o reposen en un solo factor. Hay que aprender de las derrotas. Las interpretaciones unilaterales, incompletas, conducirán a conclusiones erróneas. La explicación debe ser pluricausal. No fueron, esencialmente, las políticas anticíclicas del gobierno de Dilma Rousseff, las que explican su caída. Aunque fuese cierto que una fracción de la clase dominante, en especial el capital financiero, era muy crítica antes de 2015, esta crítica no era hegemónica. Esta explicación, casi unánime en los círculos liberales y reaccionarios, y con alguna influencia en medios de izquierda, es una “cortina de humo” y, por lo tanto, es falsa.
    2. La operación Lava Jato abrió hace cuatro años la lucha entre dos fracciones de la clase dominante: aquella que quiere mantener el sistema partidista más o menos intacto, y aquella que decidió desplazar al PT y reformar el régimen político, “cambiando la rueda con el coche en movimiento”. La burguesía no es una clase con intereses y posiciones económicas y políticas monolíticas. Ninguna clase social tiene un “comité central”. El régimen democrático-electoral es más cómodo para la burguesía, justamente, porque fortalecen libertades democráticas para que sus diferentes fracciones puedan disputar la defensa de sus intereses inmediatos, y sus apuestas estratégicas, en espacio público. La superestructura empresarial y política giró poco a poco hacia el impeachment, pero finalmente, en pocos meses, la clase dominante se unificó y decidió apostar al golpe, bajo presión de la movilización de los sectores medios impulsada por la extrema derecha, fundamentalmente, en función del resultado de 2014; de la dificultad de la alternancia electoral frente al prestigio del PT y de Lula; del estancamiento económico provocado por la caída de las inversiones como consecuencia de la tasa media de ganancia; y de la presión de una fracción del imperialismo que condicionó inversiones en Brasil a la reducción de los costos productivos: peso fiscal del Estado, proporción deuda pública/PIB, y elevación del salario medio por encima de US$ 700,00.
    3. Los gobiernos, incluso los gobiernos de colaboración de clases y de coalición, inclusive en Brasil, no caen porque dejaron de tener apoyo unánime en la clase dominante. Los apoyos unánimes son raros hasta cuando son gobiernos de partidos de representación directa del capital. Pueden mantenerse indefinidamente con el apoyo de algunas fracciones. Solo están amenazados de caída cuando la burguesía se une y pasa en bloque a la oposición y tiene luz verde de una fracción importante imperialista. Aun así es necesario alimentar una subversión social para derrocar al gobierno.
    4. Los gobiernos no caen, en regímenes presidenciales de países de la periferia, porque han perdido la popularidad. Tienen que ser derribados. Si la impopularidad fuese un factor suficiente para derribar gobiernos electos, el gobierno Temer ya habría sido defenestrado el año pasado, tras la divulgación de las grabaciones en el garaje del Palacio. Y no cayó. Aguantó el juicio en el STE y dos votaciones en la Cámara de Diputados. Para que eso acontezca es necesaria una movilización social muy fuerte que abra el camino. Sin esta intervención, el Congreso y la Justicia no alcanzan la legitimidad para que puedan resolver la crisis de gobernabilidad, sacrificando al gobierno, pero preservando el régimen político. Es necesario, también, que el gobierno de turno no tenga capacidad de defenderse apoyado en su base social, neutralizando las presiones por la interrupción del mandato.
    5. No fue tampoco el giro del MDB hacia la oposición, ni la conspiración de Temer conduciendo a Eduardo Cunha a la presidencia de la Cámara de Diputados lo que explica, en lo fundamental, el golpe jurídico-parlamentario. Tampoco fue el giro de los banqueros, o de la Fiesp, lo que explica la inversión de la situación política, la caída de Dilma, o la prisión de Lula. Todo esto contó, pero fueron factores superestructurales. Interpretaciones que valoran excesivamente la operación de la lucha de partidos en la superestructura de la sociedad flirtean peligrosamente con concepciones conspirativas de la historia. La lucha de partidos tiene un gran lugar en la historia, pero no sustituye a la lucha de clases. El papel de los individuos tiene también su lugar, pero sólo muy excepcionalmente, o sea, en situaciones revolucionarias o contrarrevolucionarias, alteran el curso cualitativo de los acontecimientos.
    6. Si no hubiesen salido millones de personas de los sectores medios enfurecidas a las calles, con el pretexto de apoyar la operación Lava Jato, derrocar al gobierno, Dilma Rousseff no habría sufrido el impeachment, en función de las llamadas “pedaleadas fiscales”. La cuestión clave debe ser el análisis de la multiplicidad de factores que empujaron a la clase media hacia la campaña de derrocamiento del gobierno. Se produjo un proceso lento de desplazamiento de los sectores medios hacia la oposición, sobre todo, durante el primer mandato de Dilma Rousseff. Se expresó en las calles en junio de 2013. La explosión de junio de 2013 fue un fenómeno complejo, por lo tanto, policlasista. Los sectores medios, con audiencia de masas, liderados por grupos de extrema derecha salieron también, a las calles. Por eso hubo combates tan violentos contra las banderas rojas. No fueron solamente los sectores más escolarizados de asalariados urbanos los que se sintieron motivados, después de la represión, las marchas contra los aumentos de pasajes. Aunque, en general, prevalecieron reivindicaciones progresivas, una parte del malestar social de los sectores medios estuvo presente.
    7. En 2015/16 estas franjas medias volvieron a las calles, ahora furiosamente disconformes con la victoria electoral del PT en 2014, y provocados por la inflación en alza de la educación y salud privadas y demás servicios, por el endeudamiento de las familias, por la tendencia de caída del salario medio de la escolaridad superior, por el estancamiento del crecimiento, por el peso creciente del IRPF (Impuesto a la Renta de la Persona Física), por el crecimiento de la criminalidad, y, finalmente, por el bombardeo de las denuncias de corrupción. Los errores de los gobiernos liderados por el PT, no sus aciertos, empujaron a la inmensa mayoría de la clase media a los brazos de los líderes burgueses. La burguesía brasileña pasó a tener, por primera vez después de medio siglo, la hegemonía en las calles.
    8. Por otra parte, lo que, desde una perspectiva histórica, merece ser considerado excepcional fue la victoria electoral del PT para la presidencia, por cuatro veces consecutivas. La victoria de Lula en 2002 remite a las luchas de la década de los ochenta y al desgaste social acumulado después de los dos mandatos de FHC. Pero las tres victorias electorales siguientes solo fueron posibles en función del contexto externo extraordinario de valorización del precio de los commodities, que ofreció el fundamento para las tasas de crecimiento económico que fundaron la estrategia “gana-gana” de las políticas sociales que llevaron a la clase dominante a sostener a los gobiernos liderados por el PT, incluso después del escándalo del “mensalão”, y ampliaron la base social del lulismo. La tendencia del capitalismo contemporáneo no es la ampliación de reformas. Lo que pasa es lo contrario incluso en los países centrales. No comprender estas restricciones históricas a la concesión de reformas solo podrá alimentar las ilusiones políticas de que una nueva experiencia de conciliación de clases merece ser replicada.
    9. La incapacidad del PT y del lulismo de levantar una movilización de los trabajadores y de los sectores populares, a la altura del desafío planteado por la campaña por el impeachment de Rousseff, es una de las claves de comprensión de las derrotas que vinieron luego, hasta la prisión de Lula. Cuando se decidieron a ir a las calles, ya era demasiado tarde. La lucha política tiene sus tiempos. Y la dirección del PT y Lula tuvieron mucho tiempo para decidirse, porque el golpe palaciego fue articulado, a diferencia de Paraguay, en “cámara lenta”. Entre la carta de ruptura de Michel Temer, la renuncia de Joaquim Levy, al final de 2015, el giro de la Fiesp y la unificación de la burguesía, y las movilizaciones de algunos millones de “amarillitos” en marzo/abril, hasta la votación del ” impeachment en mayo de 2016, existió un espacio de seis meses. No pudieron defenderse porque, incluso, cuando estaban siendo acorralados por la presión burguesa, apostaron por la vía de las negociaciones, una elección políticamente suicida. ¿Por qué?
    10. Este es otro tema pluricausal. Las explicaciones monotemáticas no son convincentes. Pesó la increíble decisión del PT y de Lula de privilegiar las alianzas en el Congreso Nacional, y de negar apoyarse en la movilización popular durante sus trece años de gobierno, hasta la hora del golpe; pesó el malestar en la clase trabajadora organizada ante el giro político de Dilma Rousseff a partir de la victoria de 2014, aceptando los chantajes burgueses por un ajuste fiscal que no podría dejar de tener secuelas recesivas graves; pesó la dificultad de movilización de la amplia mayoría del pueblo pobre que no tiene instrumentos de autoorganización; pesó la extrema burocratización de los sindicatos, aún hoy, la red más poderosa de organizaciones de representación de la clase obrera y del pueblo; pesó la fragilidad orgánica del PT, todavía el mayor partido, pero que se ha convertido en un aparato electoral profesional, impotente ante la tarea de llevar a millones a las calles. Lo que, sin embargo, es cierto es que las derrotas estimulan reflexiones sobre la responsabilidad de los dirigentes. Así como la derrota de 1964 abrió una crisis en el PCB, la derrota de 2016 ya abrió una crisis en el PT que no podrá ser contenida. Lula es un preso político frente a la Lava Jato. Pero no es inocente ante la tragedia económico-social que se abate sobre el destino de decenas de millones que sufren las secuelas del gobierno Temer. Sin crisis, nada se transforma. La reorganización de la izquierda brasileña está apenas empezando. Y el futuro pasa por la Alianza impulsada por el PSOL y el MTST.

     

    Foto: AP

     

  • Más argumentos, menos provocaciones

    11 de mayo de 2018

     

    El #MAIS dejó de existir el 28 de abril y con inmensa alegría nos fusionamos a NOS para conformar la Resistencia. A pesar de eso, la organización ya extinta fue citada 11 veces en un texto de polémica reciente. El título del artículo de Mariucha Fontana, del PSTU, se refiere explícitamente a Valério Arcary y busca explicar las “verdaderas razones” por las que él criticó a ese partido.

    La polémica es absolutamente normal dentro de la izquierda, pero para ser de buena calidad, es bueno que sea guiada por argumentos y no por la obsesión en deconstruir la trayectoria militante del oponente. Debemos superar esta lógica. Somos todos mejores que eso.

    El Brasil cambió

    Brasil pasó por 13 años de gobiernos de colaboración de clases que la tradición política que reivindico denomina como un gobierno de Frente Popular. Este hecho de enorme importancia para la lucha de clases dividió el movimiento de los trabajadores, los sindicatos, movimientos y partidos políticos. Se estableció un divisor de aguas entre aquellos que fueron a administrar el Estado brasileño y otros que mantuvieron sus posiciones junto a la lucha de los trabajadores, enfrentando, inclusive, ataques de los gobiernos petistas. Siempre un marxista da mucha importancia a la lucha contra el gobierno de turno, contra el partido que en aquel momento administra los negocios de la burguesía.

    Recuerdo que por muchos años una parte de la izquierda ignoraba este hecho y, en el intento de colaborar con el  gobierno del PT, concentraba su agitación política en denuncias contra Fernando Henrique Cardoso. Sí. No hay futuro sin historia. En los buenos momentos de los gobiernos del PT, donde quedaban cargos y “favores”, es bueno recordar dónde estaba Valerio Arcary. ¿Quién no recuerda las polémicas duras hechas con el PT? Numerosos artículos, incontables debates públicos.

    No es razonable ofrecer como “verdadera explicación” a las posiciones políticas hoy defendidas por Valério que, después de pasar 13 años haciendo oposición de izquierda, ahora decidió “subir a un vagón del tren del campo de colaboración de clases de Lula, sucumbiendo a presiones electorales, de los aparatos burocráticos y de medios intelectuales pequeñoburgueses”. Además de extremadamente irrespetuoso, este ataque no presenta ningún argumento. Solo obedece a la lógica de separar personas y organizaciones entre aquellos que son verdaderamente revolucionarios (o en otras palabras, con los que estoy de acuerdo) y aquellos que son traidores y oportunistas (con los que estoy en desacuerdo).

    Es necesario decir: Brasil ha cambiado. El PT no gobierna más. Hoy, una parte de la izquierda socialista parece sufrir del mismo mal que le sucedió a aquellos que concentraban su denuncia en FHC cuando quien gobernaba era el PT. Pero hoy ha habido un golpe parlamentario y hay un nuevo gobierno, producto de este golpe.

    Una de los recursos del texto es usar una cita de Valerio sobre 2013. El Brasil de 2013 no tiene nada que ver con el Brasil de hoy. Las Jornadas de Junio ​​fueron un proceso muy progresivo, se enfrentaron contra todos los gobiernos; trajeron a la luz demandas importantes como transporte, salud, educación, derechos; movilizaron una base social joven y trabajadora. Las movilizaciones de 2015 significaron lo opuesto en los tres criterios, tenían una dirección de derecha, por lo que se enfrentaban solo contra el PT; empuñaban banderas reaccionarias tanto en la política como en las costumbres; llevaron a las calles una base social de clase media alta, esencialmente blanca y con fuerte instinto antipopular.

    No hay continuidad. El PT está en la oposición, recupera peso y prestigio en una parte importante del activismo. Lula está preso, Bolsonaro tiene apoyo activo dentro de la clase trabajadora, 71 militares deberán disputar de forma organizada las elecciones de 2018. Se aprobaron retrocesos históricos contra los derechos de la clase trabajadora y del pueblo pobre. Las conquistas de la Constitución de 1988 fueron destruidas con la Enmienda Constitucional 55, y también derechos laborales básicos que estaban en la CLT desde 1943 fueron despedazados por la Ley 13.467. El Brasil cambió, la política ya no puede seguir siendo la misma.

    El divisor de aguas ahora es otro. La derecha creció, movilizó una expresiva base social de clase media, la extrema derecha ganó prestigio, se instaló en el país, una crisis de régimen por la derecha, instituciones como la Policía Federal, el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas ganaron fuerza. En el afán de no capitular al gobierno depuesto, el PSTU terminó capitulando a la burguesía tradicional.

    Valério estuvo contra el PT durante sus gobiernos, cuando muchos querían cargos y prestigio. Y él también estuvo en el acto del Circo Volador y luego en la puerta de los Sindicato de los Metalúrgicos del ABC, cuando el Poder Judicial y la PF ejecutaron una orden de arresto contra Lula. Lo que nos guió fue la brújula de clase. Lo que cambió radicalmente fue la realidad política nacional. Los enemigos de nuestros enemigos no son nuestros amigos.

    El PSTU también cambió

    La Convergencia Socialista, que atrajo la simpatía de miles de activistas en la década de 1980, un ejemplo de flexibilidad táctica y firmeza en los principios para el movimiento trotskista, ya no tiene nada que ver con lo que es hoy el PSTU. El partido que compuso el Frente de Izquierda con PSOL y PCB en 2006, compuso varias Frentes Estatales en 2012 y 2014, buscando el diálogo con un importante sector de la clase trabajadora, ya no guarda ninguna semejanza con una campaña cuyo centro es convocar a una rebelión. La organización que luchó para elegir parlamentarios revolucionarios en Río de Janeiro, Natal, Belém, Minas Gerais y Porto Alegre nada tiene que ver con el completo desprecio por la actividad institucional. El PSTU pasó por una profunda revisión programática, lo que es legítimo. Lo honesto, sin embargo, es que sea abiertamente reconocido.

    La línea del “Fuera Todos”, aplicada en 2006 y abiertamente criticada, volvió con fuerza en el 2015 y se elevó a la categoría de programa, ya que hace tres años ininterrumpidos esta consigna es utilizada. Las mediaciones fueron sustituidas por el ultimatismo, los matices ya no son admitidos. La política es siempre la agitación de la estrategia final.

    En el movimiento de los trabajadores también es perceptible el cambio. En el 2007, el PSTU participó en un encuentro nacional con PCdoB y MST. Hoy se niega incluso a participar del tradicional Primero de mayo en la Praça da Sé.

    La virtud convertida en defecto

    En el artículo, me llamó la atención en particular la utilización de una intervención de Valerio en 2010, defendiendo la candidatura propia del PSTU, para sostener la visión de que él renegó de su propia historia. ¿Qué se espera de un intelectual militante de un partido político trotskista? ¿Que defiende sólo lo que tiene acuerdo? ¿Que utilice su posición de notoriedad para militar solo? Aprendimos exactamente lo opuesto. Tener conciencia de nuestro pequeño tamaño frente a la grandeza del proyecto socialista nos hace estar seguros de que no nos bastamos. Vivimos tiempos de individualismo exacerbado y por eso construir un colectivo, tener la conciencia de que muchas veces es mejor errar juntos que acertar solo, son valores fundamentales para nosotros.

    Valério discrepó muchas veces, pero rompió apenas una vez, cuando las circunstancias de la lucha de clases y de la lucha interna tornaron las divergencias irreconciliables. Esta postura es para nosotros un ejemplo, porque en nuestra esencia, somos constructores del colectivo y no rupturistas crónicos.

    Hagamos del embate de argumentos algo productivo, hasta para que el tiempo nos permita evaluar de acuerdo con el desarrollo de la realidad qué apreciaciones se han demostrado más correctas.

    Imagen: Blue, 1925, Kandinsky

     

     

  • ¡ES TIEMPO DE RESISTENCIA!

    ¡ES TIEMPO DE RESISTENCIA!
    Es necesario transformar la vida para cantarla enseguida

    Manifiesto fundacional de Resistencia, Corriente interna del PSOL

    “Levántense, como leones que despiertan
    tantos, como una tropa invencible
    Agite sus cadenas para que ellas caigan
    Como el rocío caía sobre ustedes
    Ustedes son muchos, ellos son pocos.”
    Percy Bysshe Shelley (1819).

    Vivimos tiempos de muros y miedos
    El escritor mozambiqueño Mia Couto nos recordó hace algunos años que vivimos tiempos sombríos, envueltos por el miedo y rodeados por muros que separan fronteras nacionales y apartan clases sociales. En sus palabras, “bajo las mismas nubes grises vivimos todos nosotros, del sur y del norte, del occidente y del oriente”. Citando a Eduardo Galeano, enumera: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de nunca encontrar trabajo. Cuando no tienen miedo del hambre, tienen miedo de la comida. Los civiles tienen miedo de los militares, los militares tienen miedo de la falta de armas, las armas tienen miedo de la falta de guerras”. Y añade: “hay quien tenga miedo de que el miedo acabe”.

    En su continuo esfuerzo para superar sus insuperables contradicciones, el capital avanza por los caminos sangrientos de las guerras y de la devastación social. Las bombas lanzadas y las guerras civiles armadas por las potencias capitalistas en el sur del globo, llevan a la muerte a cientos de miles de víctimas de las armas y otros tantos que continúan muriendo por la violencia del hambre, o de las olas y de las fronteras, en los desesperados intentos de migrar. La violencia del capital en los países centrales acoge a refugiados y migrantes con xenofobia y racismo. Pero no ahorra a los nacionales, pues las políticas de austeridad retiran derechos y empujan hacia la miseria a sectores cada vez más grandes de la clase trabajadora de las naciones más desarrolladas. Pero, si para el 99% de la población la situación es desastrosa, para la personificación del capital -la burguesía- es rentable: del 82% de la riqueza mundial producida en 2016-2017 se apropió el 1% más rico de la población. “El capital es trabajo muerto, que como un vampiro vive solo de la succión de trabajo vivo, y vive más, en tanto más trabajo vivo chupe”, explicaba Marx hace ya un siglo.

    Así, donde la guerra convencional no se hace necesaria, la guerra social continúa chupando la sangre de la clase obrera. En el Brasil de los últimos años, unificada en torno a la propuesta de realizar rápidamente los más profundos ataques a la clase trabajadora, la burguesía movilizó sectores medios bajo el mote del “combate a la corrupción”, para apoyar un golpe parlamentario que llevó al gobierno de Temer y sus partidarios, comprometidos con el más devastador programa de austeridad. Dos años después de su llegada al poder, somos más de 13 millones de desempleados, con un cuarto de la población que vive por debajo de la línea de pobreza y el salario medio de los ocupados cayendo significativamente, más de la mitad de ellos recibiendo menos de un salario mínimo al mes.

    Ante ese cuadro de retroceso generalizado, por cierto que el gobierno de Temer es de una impopularidad impar, pero él se sostiene atacando las más elementales libertades democráticas y profundizando la violencia de la forma por aquí asumida por la dominación de clases desde siempre. Décadas de “guerra a las drogas” no resultaron sino en un crecimiento continuo de la violencia, especialmente contra las fracciones más precarizadas y pauperizadas de la clase trabajadora, mayoritariamente negras, que habitan las favelas y las periferias de las grandes ciudades brasileñas. Son ellos los que componen la mayoría de las decenas de miles de asesinados cada año (muchos de ellos, por la policía) y de los más de 700.000 presos de una población carcelaria que crece cada año. Aquellas y aquellos que se atreven a levantar la voz contra esa máquina matar y encarcelar creada y alimentada por el Estado, también son blancos de ella. El asesinato político de la concejala carioca Marielle Franco fue el ejemplo más impactante de la elevación del nivel de la práctica ya antigua de asesinatos de líderes indígenas, sin tierras, sin techos, sindicalistas urbanos y rurales y activistas sociales de los más diferentes movimientos de los oprimidos.

    En nombre del supuesto combate a la corrupción y a la violencia urbana, asistimos a las más absurdas maniobras jurídicas que eliminan derechos civiles elementales. Hemos observado también, desde la década pasada, el recurso cada vez más frecuente de convocatoria de las fuerzas armadas para tareas de seguridad pública, culminando con el reciente decreto de intervención federal militar en Río de Janeiro, en una escalada represiva que viene acentuando el blindaje del régimen democrático brasileño contra cualquier manifestación de descontento de los explotados y oprimidos, revelando una vez más la cara autocrática de la dominación burguesa.

    La corrupción y la violencia han sido invocadas por una ultraderecha de inspiración nítidamente fascista, que crece en capacidad de movilización, volviéndose más audaz en sus acciones violentas contra los sectores oprimidos y las representaciones de izquierda y de los movimientos sociales, así como más ambiciosa en sus pretensiones político-electorales. Su alimento es el miedo.
    Nosotros, sin embargo, no tenemos miedo de que el miedo acabe.

    Somos muchos, ellos son pocos
    Somos parte del 99%. Somos muchos, ellos son pocos. Por eso recurren a toda suerte de medidas coercitivas y a todo el arsenal de convencimiento, plantando cada vez más el miedo para recoger sumisión.

    Si queremos derrotarlos -¡y cómo queremos!- es necesario organizar a los muchos y muchas, la clase trabajadora por delante, movilizados en torno a un programa de transformaciones sociales radicales, un programa radicalmente anticapitalista, de combate a toda forma de explotación y opresión de un ser humano por otro, el machismo, el racismo, la lgbtfobia, la xenofobia, un programa que no tenga miedo de resistir en el presente, apuntando a la alternativa de futuro: el socialismo.

    Gran parte de la responsabilidad por la situación a la que llegamos debe ser atribuida a los partidos, movimientos y dirigentes de la clase obrera que, desde los años 1990, al menos, pero más acentuadamente después de la llegada del Partido de los Trabajadores al Gobierno Federal, renunciaron al programa socialista y a toda política que represente autonomía de clase. En nombre de la conciliación de clases, desarmaron la contestación al orden. No es casual que ya cuando su declaración en el Congreso Nacional se anunció, Dilma Rousseff exigió el camino de la política de austeridad, intentado convencer a los de arriba de su utilidad su, en lugar de tratar de movilizar a los de abajo para su defensa.

    Incluso fuera del gobierno, los dirigentes petistas y sus representantes en los movimientos sociales no rompieron con la lógica de la conciliación. Cuando la huelga general de 28 de abril de 2017 demostró que la indignación con el estado de las cosas podría generar movilizaciones de masas capaces de derrotar al gobierno, las direcciones conciliadoras retrocedieron, boicoteando los movimientos posteriores, con la expectativa de volver a ser aceptadas en la sala de la cena del poder burgués, alimentando la ilusión de que todo volvería a ser como antes, con Lula-allá en 2018. No entendieron que cuando “allá” estuvieron, eran sirvientes, no comensales.

    El resultado de tanta sumisión al orden está ahí: Lula, líder de las encuestas electorales, encerrado en una solitaria, como resultado de un proceso judicial tan frágil desde el punto de vista de las pruebas, como fuera el proceso de impeachment de Dilma. Con él nos solidarizamos, en esta situación, de la misma forma que nos opusimos al golpe, porque sabemos que cada ataque a los derechos democráticos, cada paso de retroceso institucional, alcanza no solo al PT, sino que busca callar cualquier alternativa de izquierda y sofocar el potencial antisistémico de las luchas de la clase trabajadora. Por eso también trabajamos para, efectivamente, construir frentes de luchas unitarios contra la liquidación de derechos, los ataques a las conquistas democráticas y las amenazas fascistizantes en el horizonte.

    Sin embargo, esta disposición de unidad para luchar en torno a objetivos de resistencia, centrales en esta coyuntura de retrocesos, no nos llevará a aceptar el abrazo de los ahogados de los que insisten en la conciliación de clases. La clase trabajadora brasileña necesita de otra izquierda, que no tenga miedo de exponer sus convicciones socialistas y su programa radical de ruptura con el orden burgués.

    Invertir el signo de la dispersión
    El proceso de reorganización a la izquierda del PT comenzó antes, pero tomó cuerpo tras la llegada de Lula al gobierno federal. El PSOL fue su expresión más significativa en el plano partidario. Construirlo fue una victoria significativa, por representar un movimiento que rompía tanto las barreras de la legislación electoral a las organizaciones políticas construidas a partir de abajo, como con la intención del PT y sus aliados de ser la única voz de los trabajadores y trabajadoras. Por eso, continuaremos construyendo el PSOL, entendiendo su papel como instrumento electoral indispensable para la reorganización de la izquierda socialista en el Brasil de hoy.

    Construir el PSOL, por reconocer su importancia, no significa evaluar que él nos basta. En el plano electoral, apostaremos a la construcción de frentes más amplios de partidos socialistas y movimientos combativos de la clase trabajadora, como la que hoy reúne PSOL, PCB, MTST, APIB y otros movimientos sociales, en torno a la candidatura presidencial de Guilherme Boulos y Sonia Guajajara. Una candidatura que trabajamos para lanzar y por la que haremos campaña con entusiasmo.

    Consideramos que el PSOL no es suficiente para la clase porque su horizonte todavía es estrictamente electoral y su programa sigue atado a la estrategia democrático-popular, diseñada por el PT en los años 1980 y aún no superada por la izquierda brasileña. Trabajamos por la profundización del proceso de reorganización de la izquierda socialista, porque creemos que es necesario desarrollar un debate programático que nos lleve a otro nivel de comprensión de la realidad brasileña e internacional y presente alternativas de futuro en este difícil presente, capaces de movilizar a la clase, no sólo en las urnas, sino sobre todo en las luchas y en las calles.

    Como ya habíamos afirmado en nuestras primeras manifestaciones -tanto a partir de la Nueva Organización Socialista (NOS), como del Movimiento por una Alternativa Independiente Socialista (MAIS) -, no reivindicamos ser los únicos, ni los primeros en levantar estas cuestiones, pero, resaltamos nuestra satisfacción por invertir el sentido recorrido por la mayor parte de las experiencias recientes de la izquierda radical. Somos el fruto de un proceso de fusión, no de fragmentación.

    Ya en el 2016, entendíamos “que la coyuntura nos exige sumar fuerzas, evitando caminos autoproclamatorios, sectarismos y dogmatismos”. Al final, nuestro desafío sigue siendo “sobrepasar el cuadro de fragmentación actual, para presentar el ejemplo de una unificación con organicidad, que nos acredite contribuir a la superación de los límites actuales de la izquierda”. No pretendemos, de ninguna manera, partir del cero. “Somos una pequeña rama del gran árbol del marxismo revolucionario mundial” y, por lo tanto, tenemos una bella historia de luchas y experiencias organizativas de la clase trabajadora para inspirarnos y orientarnos. Tampoco pensamos que la organización que ahora fundamos sea suficiente o signifique por sí sola la superación de la fragmentación de los socialistas revolucionarios. Al contrario. Con paciencia y seriedad, continuaremos buscando nuevas síntesis y diálogos. Queremos que el paso que damos ahora sea el primero de muchos otros en el mismo sentido.

    Sin olvidar que las referencias no son dogmas y que necesitamos actuar sobre nuestro presente, seguimos fieles al objetivo de “arrancar alegría al futuro”. Al final, como nos enseñó una militante socialista y feminista, hija de exiliados políticos, nacida en Londres en la segunda mitad del siglo XIX, que fue activa en la organización de los sectores más precarizados de la clase trabajadora de entonces:

    “Mucha gente no comprende cuánto la noción de felicidad es importante para los socialistas, cómo ella está en el corazón mismo del pensamiento de Marx. Es ella, después de todo, el gran objetivo final de nuestra lucha, la felicidad – no como simple búsqueda del placer individual- sino como autorrealización del ser humano. (…) Muchas personas (…) no se dan cuenta de que ser feliz es algo para ser buscado en el presente; que no debe ser una utopía sino algo necesario, ahora, algo para ser intentado desde ahora, algo que nos hace mejores como personas y por lo tanto más capaces de enfrentar la larga lucha. No creo que exagere cuando pienso que la belleza de la vida, la alegría de vivir es lo que nos debe guiar y es lo que nos puede dar alguna fuerza. Que la revolución significa no solo la búsqueda de la vida y de la libertad, sino la búsqueda de la felicidad”.
    Eleanor Marx (1897)

    Congreso de Fusión NOS-MAIS
    São Paulo (SP), 30 de abril de 2018.

    Nasce a “Resistência”, nova organização política da esquerda brasileira

  • Que pasa en NICARAGUA : Explicación desde un enfoque critico de izquierda

     

    Tomas Andino Mencía, veterano militante socialista hondureño

    Foto: Jorge Cabrera/Reuters

     

    El mundo ha sido sorprendido por una impresionante movilización popular en Nicaragua, principalmente juvenil, que comenzó rechazando reformas al sistema de seguridad social, pero que ha evolucionado a pedir la renuncia del mismo gobierno. Su costo es trágico: decenas de muertos, heridos y detenidos, centros de estudio y trabajo destruidos, la actividad económica semi paralizada.

    Este acontecimiento requiere una explicación. Y al respecto, hay tres explicaciones colocadas en la mesa: la versión de la derecha y el imperio gringo, la del gobierno nicaragüense, y la que viene de la izquierda critica.

     

    La explicación de la derecha y del imperio, es que se trata de un gobierno “socialista” o de “izquierda” que por su propia naturaleza es dictatorial y enemigo de la democracia. Pero si así fuera, la propiedad seria colectiva, estatal o solidaria, y no es así; la propiedad privada capitalista es omnipresente y el país es tan neoliberal como muchos otros de América Latina, así que ese argumento no ayuda a entender nada.

    La explicación del gobierno hace ver el movimiento de las y los jóvenes nicaragüenses como una conspiración de la CIA. En su discurso del 21 de abril, Daniel Ortega acuso a los y las jóvenes de ser “pequeños grupos de la ultraderecha” que quieren “destruir la paz de que goza Nicaragua”. Resultando así que su gobierno sería la “victima” de una ofensiva bien orquestada, similar a la de las “guarimbas” de Venezuela.

     

    Mi explicación no comparte nada con las anteriores.

     

    En mi opinión lo que vemos es el estallido de un descontento social muy profundo, acumulado durante una década, que tiene como base un conjunto de contradicciones entre el gobierno y el Pueblo, incubadas en el capitalismo nicaragüense, de la mano de decisiones impopulares, actitudes dictatoriales e impositivas del dúo Daniel Ortega y Rosario Murillo.

     

    El contexto conflictivo de la crisis actual

     

    Voy a citar solo diez de esas contradicciones entre el gobierno y el Pueblo:

     

    Primero, la aprobación de construir el canal inter oceánico por una empresa china a un costo económico y social elevadísimo (US$ 50 mil millones), ha generado un fuerte descontento porque implica destruir muchas comunidades rurales, obviamente contra su voluntad, y ceder la soberanía territorial a dicha empresa por un siglo. De ahí ha surgido un amplio movimiento campesino y ciudadano opuesto, que es reprimido y vilipendiado por el gobierno, pero que se mantiene hasta el día de hoy.

     

    Segundo, la actividad extractiva, en particular minera, casi ha duplicado la superficie concedida en este periodo (del 12 % al 22%) generando fuertes conflictos en el área rural y con los movimientos ambientalistas, también reprimidos.

    Tercero, la presión sobre la tierra que ejercen monocultivos industriales como la palma africana y el azúcar, así como el gran incremento de la actividad ganadera, dejan menos disponibilidad de tierras para las y los campesinos.

     

    Cuarto, el descuido ambiental, cuya última manifestación fue la desidia del gobierno frente al incendio de la reserva en Indio Maíz, movilizo a sectores juveniles a protestar.

     

    Quinto, el control impositivo contra las organizaciones no gubernamentales, especialmente de derechos humanos y feministas, quienes no le perdonan las arbitrariedades, represión y acusaciones de abuso sexual, tiene en alta tensión las relaciones del gobierno con el mundo de la llamada “sociedad civil”.

     

    Sexto, la reelección presidencial, prohibida por la Constitución, que se impuso utilizando el mismo mecanismo que uso JOH: un fallo de la Corte Suprema, lo hizo ver como un autoritario.

     

    Séptimo: El mismo efecto han tenido las acusaciones de fraude electoral en las últimas dos elecciones presidenciales, donde se impuso la formula orteguista.

    Octavo: La vice Presidenta Rosario Murillo, esposa de Ortega, ejerce un férreo control sobre los medios de comunicación que es resentido por los medios independientes, llegando a proponer el control de las redes sociales.

    Noveno: Causa mucho malestar la extendida corrupción de funcionarios públicos, que se vuelven millonarios de la noche a la mañana, mientras el pueblo pasa dificultades económicas. Comenzando por la misma pareja presidencial, que es cuestionada por haber acumulado recursos desde la “piñata” pactada con Arnoldo Alemán, y de administrar alrededor de 4 mil millones de dólares de recursos del ALBA, sin rendir cuenta de su destino; hasta casos como el de Orlando Castillo Guerrero, gerente de aeropuertos por un desfalco millonario.

    Décimo: Después de varios años de buenas relaciones con el gobierno, una parte del empresariado nica (afiliados al poderoso COSEP) comienza a dudar de la conveniencia de continuar el matrimonio que ha mantenido durante una década con los Ortega-Murillo, periodo en el que se ha beneficiado en toda la línea, por temor a perder los favores del imperio, después que Donald Trump hiciera aprobar la Ley Nica-Act y de que comenzara a aplicar sanciones a funcionarios nicaragüenses. Desde entonces, han puesto sus barbas en remojo.

     

    Pese a eso, Nicaragua tiene buena reputación por sus fuentes de trabajo y la ausencia de delincuencia. Es porque las maquilas migran mucho a ese país precisamente porque los salarios de sus obreros y obreras están entre los más bajos de Centroamérica y en esas condiciones las empresas capitalistas se sienten ahí como en un paraíso. La ausencia de delincuencia, que va de la mano del empleo es, en efecto, su mejor condición competitiva.

     

    Por tanto, Nicaragua es un país que ha tenido un importante crecimiento capitalista, no equitativo, en el cual se han acumulado fuertes contradicciones económicas y sociales, con una ciudadanía deseosa de manifestarse sobre las mismas, que no ha podido hacerlo, no es tomada en serio o se le pasa factura con discriminación o represión.

     

    INSS, El conflicto detonante

     

    En ese contexto, se produjo el conflicto por la reforma al INSS, exigida por el Fondo Monetario Internacional. No era la primera vez que se hacía una reforma (en 2013 se hizo una que fracaso), solo que en esta ocasión se produjo cuando el descontento por las causas señaladas está en su máximo, especialmente entre la juventud que nació después de la Revolución de 1979. Las protestas comenzaron por los directamente afectados, los jubilados y jubiladas; a estos le siguieron las y los jóvenes estudiantes; y luego otros sectores de la población. Finalmente se incorporaron los empresarios, que previamente habían roto las negociaciones sobre ese tema en la Comisión Tripartita.

    Por lo dicho, la crisis actual no cae como un rayo en un cielo despejado, sino que tiene antecedentes importantes que la explican. Problemas estructurales y coyunturales de difícil solución en manos de una pareja presidencial cerrada, autoritaria y represiva.

     

    La irracionalidad de la argumentación oficial

    Por tanto, venir a decir que las manifestaciones sociales son una “conspiración” para desestabilizar al gobierno de parte de pequeños grupos de “ultra derecha”, es una afirmación propia de un gobierno dictatorial, incapaz de dar respuestas racionales y necesarias a los problemas planteados, y que insultan la inteligencia del público.

    Hasta el más desinformado observador advertiría que es imposible que la CIA tuviera tantos agentes infiltrados y pagados en todo el país, jubilados, entre trabajadores y un ejército de jóvenes matriculados como estudiantes universitarios, para salir, en el momento apropiado, a “desestabilizar” al gobierno. Pero es comprensible: el gobierno, acostumbrado a imponerse todo el tiempo, nunca espero una reacción social tan contundente y no ha podido hilvanar una explicación “mejor”.

    Es la clásica estrategia de un gobierno “progre” que se siente acorralado por su Pueblo: manipulan el sentimiento antiimperialista de la gente, que siente profundo respeto por la Revolución Sandinista de 1979 (incluido quien escribe estas líneas), para que se crea cualquier argumento, bajo la autoridad de que lo dijo el “líder”, Daniel Ortega.

     

    Argumentos que llegan al absurdo; por ejemplo, que estudiantes universitarios destruyen sus propias universidades, que como francotiradores les disparan a sus propios compañeros(as), que se torturan y se desaparecen a sí mismos; queman edificios públicos para atraer el repudio social hacia ellos, etc. Un libreto propio de un movimiento suicida, que más parece escrito por un asesor de JOH o de la Policía Militar hondureña.

     

    No dicen que la violencia es inicialmente desatada por bandas de motorizados de la clientela juvenil del gobierno, que es usada como grupo de choque y carne de cañón contra otros jóvenes. Todo a vista y paciencia de las autoridades policiales. Y cuando los jóvenes se defienden de estos grupos, o cuando desatan su indignación sobre símbolos del gobierno, entonces el oficialismo proclama la “demostración” de sus acusaciones. ¿Acaso creen que tratan con bobos? Afortunadamente la difusión de la tecnología celular, ha permitido filmar cuando los grupos de choque gubernamentales han sido protagonistas de semejantes hechos.

     

    Algunos compas tienden a hacer comparaciones simplistas. Dicen que es un guion similar al usado por los gringos en Venezuela. Si se tratara del caso del Presidente venezolano Nicolás Maduro, la explicación de Ortega tendría sentido porque, en Venezuela las “guarimbas” fueron organizadas por un partido de ultraderecha (“Voluntad Popular”, partido de Leopoldo López) para desestabilizar a ese gobierno. Pero NO es el caso de Nicaragua. En este país, el movimiento fue auto convocado por sectores progresistas, de la juventud universitaria como se ha dicho. El análisis para que sea objetivo, tiene que basarse en la realidad.

     

    Ver las cosas desde esta óptica, permite explica varias cosas “raras” del gobierno nicaragüense:

     

    ¿No es extraño que Ortega fuera el primer gobierno en reconocer a JOH y que nunca cuestiono la criminal represión que este arremetió contra el Pueblo Hondureño? ¿No es extraño que el gobierno norteamericano durante los últimos once años no “molesto” a Ortega con ningún intento serio de “desestabilización”? En comparación, el imperio promovió golpes de Estado en Venezuela, Honduras, Paraguay y Ecuador en ese periodo. A pesar que Nicaragua es un país mucho más débil que aquellos, durante ese tiempo, lo dejo “tranquilo”.

    Eso se explica por la luna de miel de once años que sostuvo beneficiando a la empresa privada, nacional e internacional, en los que cultivo jugosos negocios, incluido el gobierno golpista de Pepe Lobo y JOH, y con la reaccionaria iglesia católica nicaragüense (de ahí su eslogan del “Socialismo Cristiano y Solidario”).

    Ahora esos tiempos son el pasado. La pareja presidencial Ortega-Murillo ahora cuenta con la hostilidad del imperio, que buscara domesticar su gobierno, mediante acciones de boicot económico; cuenta con el divorcio de la empresa privada nacional o de un sector importante de esta; y cuenta con el repudio activo de una buena parte del Pueblo. El rumbo que tomará el país, dependerá, por un lado, de la respuesta del gobierno al movimiento de protesta lanzado por su juventud y por otros sectores populares, así como de la capacidad de este de conquistar mejores estándares democráticos y sociales. La moneda esta en el aire y todavía es prematuro para decir que pasara.

    Pero de lo que no cabe duda, es que, con la movilización social de las últimas semanas, sea que avance o retroceda, comienza una nueva era, en la que un nuevo sujeto histórico se ha levantado sin miedo de tomar la palabra y decidir su destino.

     

    Tegucigalpa, M.D.C. 22 de abril 2018

     

  • 24 de enero: un capítulo más del golpe parlamentario

    Editorial de 25 de Enero de 2018.
    Traduccion de Perspectiva Marxista Internacional, de Argentina
    La condena sin pruebas de Lula por la 8a sala del Tribunal Regional de la 4a Región (TRF-4) representa un capítulo lamentable más del golpe parlamentario iniciado con el impeachment de Dilma Rousseff sin delito de responsabilidad comprobado.
    Además de negar el recurso de defensa al expresidente y todos sus pedidos, el resultado unánime de los tres jueces y la ampliación de la pena a 12 años y un mes demuestran una terrible unidad en el Poder Judicial en torno de la Operación Lava Jato, sus métodos y objetivos reaccionarios.
    La sustentación del voto de los tres jueces de segunda instancia es una confirmación concreta de como sectores del Poder Judicial se colocan por encima de la sociedad, practican un discurso abierto en defensa de una meritocracia reaccionaria, por encima de las reglas de la democracia y alimentan un gran desprecio por la voluntad popular. En fin, una demostración más de que la Justicia está al servicio de los ricos y poderosos.
    La euforia del mercado, con alza récord de la bolsa, y la caída del valor del dólar, es también una demostración de quién se sintió victorioso con la confirmación de la condena del expresidente por el TRF-4.
    Y no solo el mercado se sintió más fuerte. Al final de la tarde, poco después del cierre del juicio, el Palacio de Planalto inició una ofensiva de agitación en Facebook y otras redes sociales con una etapa más de la campaña en defensa de la Reforma Previsional. El espíritu del gobierno ahora es “ir para arriba” para conseguir los 308 votos necesarios en la sesión del día 19 de febrero.
    Todo esto ocurre en un país donde políticos influyentes de la vieja derecha, que están probadamente involucrados en esquemas de corrupción, como Aécio Neves, Geraldo Alckmin y el propio presidente ilegítimo Michel Temer, no solo siguen en el poder sino que tampoco son seriamente investigados y procesados.
    El verdadero espectáculo en torno al juicio fue transmitido en vivo por los grandes canales de televisión, especialmente TV Globo. Lo que vimos este miércoles fue nada más que la continuación de este mismo golpe, esta vez contra la candidatura de Lula, pero con los mismos actores y con los mismos agentes involucrados.
    No apoyamos el proyecto político de Lula y de la dirección del PT. Sería muy positivo si la dirección del PT estuviese realmente dispuesta a rever su política de conciliación con los intereses de los ricos y poderosos. Pero eso no está ocurriendo, ni va a ocurrir. Los líderes del PT, y Lula en primer lugar, siguen defendiendo una política de alianza con sectores de la vieja derecha y de los grandes empresarios, incluso con sectores que apoyaron el impeachment. Desafortunadamente, no aprendieron de sus propios errores; a final de cuentas, para dar solo un ejemplo, quien puso a Temer como vice de Dilma fue la propia dirección petista.
    Pero a pesar de las duras críticas que tenemos a la política del PT, no podemos quedar callados en este momento de ofensiva del proyecto conservador. No estamos de acuerdo con los sectores de la izquierda que apoyan la condena sin pruebas de Lula o que afirman que la clase trabajadora no debe preocuparse con este proceso.
    Se equivoca también la dirección del PT cuando busca mezclar la campaña contra los ataques a las libertades democráticas y por el derecho de Lula de participar en las elecciones con el apoyo político a una eventual candidatura del expresidente en las elecciones de 2018.
    Es hora de una campaña contra los ataques a los derechos sociales y las libertades democráticas. Sería muy positivo si Lula, la dirección del PT, la de la CUT y el Frente Popular hicieran una campaña de hecho unitaria “en defensa de la democracia, contra los ataques al pueblo trabajador y por el derecho de Lula a ser candidato”.
    Intensificar la lucha contra la eliminación de derechos y los ataques a las libertades democráticas
    No es hora de bajar la cabeza y mucho menos la guardia. Evidentemente, es preciso reconocer que el día de ayer representó un paso adelante en la profundización del golpe parlamentario, pero el momento decisivo de esta guerra será en las calles y no dentro de los tribunales de esa justicia reaccionaria.
    La fecha de la próxima batalla ya está marcada. El gobierno ilegítimo de Temer y su bancada en el Congreso Nacional quieren iniciar en febrero la votación de la infame Reforma Previsional. Quieren seguir con la aplicación de su plan de eliminar derechos históricos de los trabajadores y de la mayoría del pueblo. Fue exactamente para eso que dieron el golpe.
    Las centrales sindicales, los movimientos sociales combativos y los partidos que defienden los intereses del pueblo trabajador deben preparar la resistencia a los ataques, que vendrán con mucha más fuerza. Se puede comenzar con un día nacional de paralizaciones y movilizaciones, con el objetivo de construir una verdadera huelga general en el país. La lucha directa de los trabajadores es el único idioma que los enemigos del pueblo entienden. Tenemos que repetir y ampliar lo que hicimos el día 28 de abril del año pasado. Si Lula está realmente preocupado con lo que está aconteciendo con el pueblo brasileño, como afirmó en la manifestación en Porto Alegre el día 23 de enero, debería entones usar toda su popularidad para colocarse al frente de esta convocatoria.
    Pero ni Lula ni el PT parecen haber aprendido la lección: no vamos a derrotar el golpe parlamentario apostando a acuerdos con los golpistas en el Congreso Nacional, insistiendo en una política de alianzas con la vieja derecha y con los grandes empresarios, ni tampoco con recursos judiciales en los tribunales de la Lava Jato.
    La principal lección que podemos sacar de lo ocurrido ayer es que la lucha contra el golpe parlamentario y sus capítulos, la defensa de nuestros derechos y de las libertades democráticas tendrán que ser prioritariamente, y cada vez más, en las calles, organizando movilizaciones, paralizaciones y huelgas, para derrotar todos los ataques que están siendo aplicados por el gobierno ilegítimo de Temer y sus aliados.
    Es la hora de afianzar una nueva alternativa política
    Defendemos la máxima unidad de acción en las luchas en defensa de los derechos de los trabajadores y de las libertades democráticas. Proponemos la construcción de un amplio frente único que confronte el golpe parlamentario y todos sus objetivos reaccionarios. El próximo paso de esta unidad debe ser intensificar nuestra movilización para derrotar la Reforma Previsional.
    Para construir y fortalecer este amplio movimiento unitario, de la clase trabajadora, la juventud y del conjunto de los explotados y oprimidos, debemos estar dispuestos a luchar al lado de aquello con los que no tenemos acuerdos políticos estratégicos. Los intereses de la clase trabajadora y de la mayoría del pueblo deben estar en primer lugar.
    Pero esa sincera disposición a estar juntos en la luchas no debe confundirse con hacer a un lado nuestras diferencias políticas. Por lo tanto, la defensa del derechos de Lula a participar en las elecciones no significa que estamos dispuestos a apoyar su proyecto político, principalmente de conciliación con los intereses de las grandes empresas y los bancos. Para nosotros, ¡los golpistas no merecen perdón!
    Por eso, es necesario que el PSOL defina su candidato(a) a presidente de la República en su Conferencia Electoral marcada para el día 10 de marzo. Por haberse consolidado como el mayor partido de oposición de izquierda a los gobiernos petistas, el PSOL tiene la responsabilidad de llamar a la construcción de un frente de izquierda socialista, una nueva alternativa de independencia de clase. Vemos también como algo muy positivo la posibilidad de afiliación de Guilherme Boulos al PSOL y la propuesta de que él pueda ser uno de los nombres para encabezar esta alternativa.
    La izquierda socialista necesita encarar estos dos desafíos políticos: estar en la línea del frente de las luchas unitarias en defensa de los derechos de la clase trabajadora y de la mayoría del pueblo, y ser firme en la presentación de una nueva alternativa política de izquierda radical, socialista, que supere el proyecto de conciliación de clases de la dirección del PT.
  • ¿Unir a la izquierda es apoyar a Lula en 2018?

    3 enero de 2018

    Por Gabriel Casoni, de São Paulo (SP)

    La entrevista a Marcelo Freixo en Folha de São Paulo generó enorme repercusión. (http://www1.folha.uol.com.br/poder/2017/12/1946626-nao-sei-se-e-o-momento-de-unificar-a-esquerda-nao-diz-marcelo-freixo.shtml) En las redes sociales el diputado del PSOL (Partido Socialismo y Libertad) pasó a ser duramente criticado, especialmente por dirigentes (http://www.diariodocentrodomundo.com.br/entrevista-de-freixo-folha-revela-falta-de-maturidade-politica-do-psol-por-joaquim-de-carvalho/)  y blogueros (https://www.brasil247.com/pt/colunistas/migueldorosario/334958/Suprema-ironia-entrevista-de-Freixo-uniu-a-esquerda.htm)  ligados al PT (Partido de los Trabajadores). El argumento principal parece irresistible: la necesidad de la unidad de la izquierda para enfrentar la ofensiva de la derecha.

    La ironía de la historia, con todo, es que la dirección del PT, al mismo tiempo en que ataca a Freixo por supuestamente dividir el campo de la izquierda, negocia alianzas y acuerdos con partidos golpistas, grandes empresarios y líderes de la derecha en todo el país (http://www.infomoney.com.br/mercados/politica/noticia/7057309/ensaia-aliancas-com-apoiadores-impeachment-eleicoes-pmdb-planeja-costura-estados).

    Así, la cúpula lulista hace un juego astuto marcado por la disimulación.

    Por un lado, agitando de manera oportunista la bandera de la “unidad”, busca bloquear el surgimiento de una alternativa de la izquierda independiente en las elecciones de 2018, alternativa que tendrá más fuerza en el caso de que Guilherme Boulos (principal referencia del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo- MTST) confirme su candidatura presidencial por el PSOL. Por otro, para reatar lazos con el gran capital, quieren demostrar cómo Lula puede ser nuevamente útil a la clase dominante. Las recientes declaraciones del expresidente, cuidadosamente pensadas para agradar al mercado financiero, hacen parte de la estrategia de hilvanar un nuevo pacto con los ricos y poderosos.

    ¿Y la unidad para luchar contra Temer y las reformas?

    La dirección del PT se muestra muy interesada en no permitir el crecimiento del PSOL, y particularmente en evitar la candidatura del líder del Frente Pueblo Sin Miedo. Pero poco o casi nada dice sobre la fundamental unidad para defender los derechos de los trabajadores. Esa cuestión pasa bien lejos de sus preocupaciones. Para los blogueros lulistas, la “unidad de la izquierda” es sinónimo de apoyo electoral a Lula.

    Los derechos de los trabajadores no pueden esperar las elecciones. En febrero, será puesta a votación la reforma de la previsión social. ¿Cuáles son los planes del PT y de la CUT (Central Única de los Trabajadores) para barrer ese ataque a las jubilaciones de los trabajadores? ¿Van a llamar al pueblo a la lucha? ¿Van a impulsar un día de huelga nacional o mantendrán la línea de recular, como hicieron luego de la huelga general del 28 de abril de 2017? ¿Van a construir la unidad de la clase para derrotar ese proyecto? ¿O el llamado a la unidad de la izquierda solo vale para pedir votos para Lula?

    Para unir a la izquierda, primero es preciso romper con la derecha

    El argumento de que el PSOL y Freixo hacen el “juego a la derecha” cuando defienden una alternativa independiente de la izquierda en 2018, se muestra hipócrita en boca de los dirigentes petistas. ¿Cómo hablar de unidad electoral contra la derecha si se sabe que el PT negocia alianzas con partidos y dirigentes golpistas en las más diversas partes del país, tanto en los estados como a nivel nacional?

    Y no se trata solo de las conocidas alianzas con la familia Sarney, Renan Calheiros y Kátia Abreu. El partido de Lula, además de estar con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) en Minas Gerais, negocia coaliciones con el partido de Temer en cinco estados de la región Nordeste (http://g1.globo.com/politica/blog/matheus-leitao/post/pt-e-pmdb-formam-alianca-em-6-estados-tse-julga-antecipacao-de-campanha-jornais-de-sabado-4.html). En 2016, el PT apoyó candidatos del partido de Eduardo Cunha en 648 ciudades brasileras.

    La dirección del PT tendría más autoridad para hablar de unidad de la izquierda, si hubiese roto con la derecha. Sin embargo, a decir verdad, la lucha contra los “golpistas” apenas fue un discurso para impresionar al público de izquierda. En realidad, el proyecto de conciliación de clases del lulismo se mantiene intacto, tanto en el programa como en la práctica de las coaliciones políticas. La orientación sigue siendo exactamente la misma: aliarse a sectores burgueses para ganar las elecciones y gobernar por medio de un pacto con las viejas elites (https://www.youtube.com/watch?v=YOylOTnAYXk).

    Curiosamente, la cúpula lulista todavía no cayó en la cuenta que esa estrategia falló miserablemente con el golpe parlamentario. Fueron las alianzas con la derecha las que abrieron las puertas al ajuste neoliberal y al cercenamiento de derechos. Además, ese proceso se inició en el segundo mandato de Dilma, corroyendo el apoyo popular que tenía el gobierno.

    Michel Temer y Eduardo Cunha no fueron un rayo en cielo azul; los golpistas crecieron bajo las alas de los gobiernos petistas. Cuando la marea cambió, los viejos aliados traicionaron. Las pequeñas concesiones sociales del lulismo fueron toleradas en cuanto el impulso económico las permitía. Cuando el ciclo de crecimiento se agotó, el escenario cambió radicalmente. Al final, la burguesía rompió con el PT, pero, trágicamente, el PT todavía no rompió con la burguesía.

    Lula tiene el derecho de ser candidato, pero no tiene el monopolio de la izquierda

    Tanto el PSOL como Marcelo Freixo están por el derecho democrático de Lula a ser candidato a presidente, eso ya fue dicho y repetido en innumerables ocasiones. Es evidente que se trata de un juicio político por medio del cual un sector de la burguesía quiere excluir al petista de las elecciones vía expediente judicial. La tentativa de criminalizar a Lula debe ser repudiada por el conjunto de la izquierda.

    Pero el derecho de Lula de ser candidato no debe ser comprendido como apoyo político al petista.

    La izquierda socialista, aquella que no acepta alianzas con los golpistas, que apuesta a un programa anticapitalista para transformar el país, que tiene un proyecto de poder basado en la movilización de los trabajadores y del pueblo pobre, aquella que no admite financiamiento de los grandes empresarios y banqueros, que no hace de las constructoras y los ganaderos amigos inestimables, en fin, aquella que cree que para cambiar el Brasil es preciso lucha de clases y no conciliación de clases; esta izquierda tiene el derecho a concurrir a las elecciones con cara propia, para presentar sus ideas y programa.