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TEORIA

“¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años sesenta”, una reseña de Eugenia Palieraki

Mariano Vega Jara

 

Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2014, 482 páginas

Al cumplirse 40 años de la muerte en combate de Miguel Enríquez, uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), la editorial chilena LOM publica el texto de Eugenia Palieraki, expresión de su tesis doctoral en Historia, obtenida bipartidamente en Chile y Francia. Así como la muerte de M. Enríquez, por obra de la dictadura militar, rearmaría los análisis, condiciones y perspectivas de lucha, el presente texto constituirá fielmente una nueva ventana para historizar el MIR.

Dicho texto es una contribución crítica a la historia de la “nueva izquierda revoluciona” en Chile, de la cual su autora no se hace parte como la mayoría de la historiografía política nacional e internacional, ya sea de derecha o izquierda. Por el contrario, plantea una tesis herética al conjunto de la historiografía, particularmente, a la mitificación realizada por la historiografía mirista, ya que el MIR no es constitutivo de ser una “nueva izquierda revolucionaria”.

Lo anterior tiene una fundamentación histórico-contextual en dos factores nacionales: las jornadas del 2 y 3 de abril de 1957 en Santiago y el carácter de “insurrección popular” de la protesta social contra las alzas del transporte público, el congelamiento de salarios y la eliminación de precios fijos, entre pobladores (habitantes sin casa) y estudiantes; y el sindicalismo autónomo y clasista de la Central Única de Trabajadores (CUT). Ambos hechos serían constitutivos de memoria en el MIR, por los orígenes expresados en la fundación orgánica en 1965.

Estos orígenes del MIR no deben ser buscados en el contexto internacional o latinoamericano, ya que son sólo referencias válidas en crear imaginarios políticos de acción, pero carentes de expresar la genealogía de la fundación en la historia local. En ese sentido, la invalidación de la tesis del MIR sobre ser una “nueva izquierda”, está fundamentado en las trayectorias políticas de los fundadores y el cruce de generaciones.

Entre las generaciones fundadoras, la “vieja generación” precede de trayectorias diversas, trotskistas, comunistas disidentes, maoístas, anarco-sindicalistas y cristianos. Esta vieja generación es la que llamará a la unidad de las fuerzas revolucionarias, siendo Clotario Blest, ex Presidente de la CUT, el articulador de la unidad en base a la desconfianza hacia los partidos políticos y la predilección por la huelga general y la acción directa. Para la autora, aquella vieja generación se constituiría en un puente de unión entre la tradición-experiencia de la izquierda revolucionaria y la “joven generación” que llegaría a fundar el MIR. Generación marcada por el triunfo de la revolución cubana pero, centralmente, al fracaso presidencial de la candidatura de Salvador Allende en 1964.

Sobre el trotskismo, al respecto, plantea una tesis dual, ya que a pesar de la marginalidad, ideológicamente aportaría en la fundación del MIR por medio de la Declaración de Principios y el Programa. Por otro lado, en la práctica, el trotskismo sería un “anexo radical del Partido Socialista”, ya que oscilaría entre crear un tercer partido de izquierda o entrar al PS y dirigirlo desde adentro. Tal crítica radical obedece a la praxis del trotskismo chileno entre 1929-1973, ya que la ex Izquierda Comunista aportaría su trotskismo al ingresar en el PS en 1936, estructurando una corriente o fracción trotskista permanente como “ala radical o trotskista”, y en su opuesto, el trotskismo orgánicamente independiente, siempre dependió de sus relaciones políticas con aquella ala radical de los socialistas para visibilizar su praxis militante.

Para el trotskismo se daban dos alternativas en dicho período: aportar y construir a un amplio partido de acción y participar en la vida pública del país o ser un “partido de intelectuales” como grupo de opinión y crítica a la izquierda. La influencia práctica del trotskismo pasaría por la inserción en los pobladores y el sindicalismo en la CUT, para la orgánica independiente, y el debate teórico sobre las vías de la revolución en Chile, como una renovación ideológica en los socialistas, que se expresaría como una fuente de poder para el ascenso militante y la posterior “leninización” del PS en el Congreso de Chillán en 1967.

En definitiva, indirectamente la autora señala que el trotskismo no tuvo una vida independiente, además de adolecer de un centrismo, ya que dependió de sus relaciones políticas por medio del “entrismo” o doble militancia para emerger a la luz pública, ya sea el ala radical del PS o el trotskismo independiente. Un ejemplo de ello es la doble militancia que mantuvo Miguel Enríquez en la Juventud Socialista de Concepción y la VRM (Vanguardia Revolucionaria Marxista), uno de los grupos fundadores del MIR, el cual estaba dirigido por un ex trotskista, Enrique Sepúlveda, del cual aprendería tal praxis.

Quedará en la historia del trotskismo la negación afiliativa del MIR a la IV Internacional, la cual no fue propuesta por los militantes del SU (Secretariado Unificado), Humberto Valenzuela y Luis Vitale. Para la autora, dicha negación fue producto de la constante irregularidad orgánica del trotskismo chileno, sobre todo el “entrismo pablista” que Valenzuela-Vitale le reprochaban al SU, además de la marginalidad propia y a los vaivenes políticos de la IV Internacional. Ésta no era una fuerza atractiva para las jóvenes generaciones ni tampoco ayudaba económicamente, por lo que no se habría apostado por afiliarse al trotskismo internacional.

Sin embargo, el aspecto central y herético del estudio, negando el surgimiento de una “nueva izquierda”, lo constituye el argumento que el MIR es un producto no deseado de la Reforma Universitaria de la Democracia Cristiana en el período 1967-1969. Concretamente, el MIR es heredero de las reformas sociales del gobierno demócratacristiano de Eduardo Frei Montalva, tanto en las universidades, los pobladores y los campesinos.

No obstante, la autora nos sumerge en una genealogía microscópica para sostener dicha tesis, denotando que tradiciones, pautas y ritmos de la cultura política DC fueron reapropiadas por la “joven generación” del MIR, siendo su fuerza central Concepción. Al respecto, el MIR estructuró una cultura política imbricada con el mesianismo católico en el culto a la austeridad, el sacrificio, la lealtad, la virtud, heroísmo-mártires y prédica de un deber-ser como ética moralista y mandato sacrificial de la militancia política. Lo anterior se une al culto generacional en torno a la “juventud” como vanguardia de la revolución mundial, de símil coincidencia particular en la DC sobre la “revolución en libertad”.

La Reforma Universitaria sería el medio para visualizar al MIR dentro de la escena nacional, para ello, en Concepción desarrollaron alianzas tácticas con la DC para democratizar las universidades, pero se enfrentarían con ellos en rechazar la subordinación a la Iglesia Católica de los estamentos universitarios nacionales. De esta forma, el MIR encontró aliados en los masones para evitar la injerencia de la DC en la Universidad de Concepción, ya que las principales jóvenes dirigentes miristas provenían de familias radicales y masónicas, logrando el triunfo en la Federación estudiantil, convirtiéndose en su bastión político.

En ese sentido, el MIR reapropió el programa democratizador de la Reforma Universitaria de la DC y lo radicalizó para buscar una el co-gobierno en las universidades, un acceso al poder universitario, ya que era coherente con la tesis que la juventud era considerada revolucionaria innata. Tal radicalidad imprimió una identidad política como modelo de militancia, que proyectó continuidades en el MIR para quienes rompían por la izquierda con sus partidos de izquierda o centro, por lo cual, se señala la convergencia al MIR de militantes DC con su mesianismo católico; militantes de la Juventud Socialista, que encontraban una crítica sistemática a la supremacía de las elecciones, al caudillismo, alianzas con el centro político (DC-Radicales) y la adopción de la lucha armada; militantes radicales por la impronta laica y la condena a la Iglesia Católica; militantes PC, rupturas individuales o colectivas sobre la historia, tradición y métodos del comunismo chileno ajenos a la realidad internacional en apoyo a Guevara en Bolivia y la no condena a la invasión a Chevoslovaquia.

En síntesis, las universidades fueron el primer foco de captación militante de la joven generación del MIR, creando redes políticas inter-generacionales en torno a camaradería, amistad y fraternidad con la heterogeneidad militante, lo cual permitió  visibilizar la MIR como un cuerpo atractivo, místico y joven y, a la vez, redefinir cuotas de poder interno, ya que en 1967 se dan dos hechos simultáneos: la victoria en la FEC (Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción) y la salida de la vieja generación trotskista de la Dirección Nacional del MIR, por la entrada de la joven generación “castro-guervarista” de Miguel Enríquez.

Otro de los componentes de la tesis de la autora dice relación igualmente en la amplitud de sujetos sociales en que se apoyó el MIR, a la ya destacada juventud, se agregó los pobladores y los campesinos, mapuches o nacionales que eran los actores de la “revolución democratacristiana”. De dichos actores, el MIR tomo la teoría de la marginalidad de la DC para conceptualizarlos como “pobres de la ciudad y del campo”, actores de una revolución socialista heterodoxa, ya que ambos estaban desconectados de una política militante y eran promovidos por la DC como sujetos de derechos sociales en disputa con la izquierda clásica (PC-PS). Esto permitió al MIR redefinir pautas y tradiciones para insertarse en nuevos actores sociales sin la pesada carga de la “izquierda reformista” o parlamentaria, promoviendo mayor radicalidad a las luchas sociales.

Para los pobladores, el MIR actuaría con un carácter mesiánico y populista al ser una élite ilustrada como fuerza de apoyo al acceso a la vivienda, salud y educación. La idealización revolucionaria consideraba el principio de autogestión de los pobladores en la creación de sus barrios populares, cuyos organismos sociales eran tipificados como soviets o germen revolucionario. Mas en lo concreto, dichos organismos eran de resolución de los problemas cotidianos, reproduciendo la ideología demócratacristiana que los veía como un medio de emancipación de la intervención del Estado.

Sobre los campesinos, se identificó en las estructuras comunitarias un protosocialismo proclive a la experimentación redistributiva-colectiva de la tierra por las tomas de terreno, para los campesinos sin tierra y para los mapuches una recuperación de la tierra ancestral. La problemática de la tierra se haría visible y legítima gracias a la ayuda externa, mirista, que dinamizaba la movilización, reivindicación y promoción social por venir de la ciudad.

Sin embargo, el gran ausente dentro de los sujetos miristas serían las mujeres, que la DC igualmente promocionó. La teoría política marxista-leninista y el guevarismo consideraban a las mujeres primeramente como militantes, después mujeres, aunque con una igualdad de trato si reproducía las putas de comportamiento masculino-militante, es decir, fuertes, resistentes y valientes para la lucha política. Concretamente, una praxis patriarcal de invisibilización y subordinación de los problemas y roles de géneros en las sociedades capitalistas al discurso “revolucionario” del partido que oprimía y minusvaloraba la deliberación de género. Al decir de la autora: “La revolución de los valores no tenía cabida en la revolución socialista, popular y armada” (p. 285-286)

No obstante, la mayor polémica hasta el presente, sigue siendo la adhesión-aplicación a la lucha armada en las dos generaciones miristas que confluyeron en la fundación. El rol político de la lucha armada enfrentaría dos primas: para la vieja generación, la vía armada era legítima por las condiciones objetivas del desarrollo político-social del país, las elecciones o lucha armada eran un medio para la revolución socialista como fin. En cambio, para la joven generación, la vía armada era una retórica sin finalidad de acción, por lo cual la simbiosis político-militar adquiría en la acción armada su legitimidad política con tácticas y estrategias militares propias. Así, tanto el “foquismo guevarista” como la “guerra popular prolongada” eran un medio.

Tales diferencias sobre la lucha armada serán constitutivas de la construcción por la hegemonía de la cultura política y la práctica de una identidad política, en concreto, la vieja generación proclive a un partido de vanguardia con acumulación de cuadros políticos e insertos en frentes sociales diversos para derivar en un futuro en un partido de masas, y la joven generación tendiente a un partido político-militar de centralización, jerarquía y disciplina militar. La retórica/práctica de lucha armada visibilizará el agrupamiento tendencial/fraccional como mecanismos de legitimidad interna entre los militantes y su relación con la Cuba revolucionaria. En ese sentido, entre 1965-1968 el MIR se dará tres tesis político-militar, lo que demostrará la influencia del sector generacional al interior del partido. La tesis insurreccionales de 1965, redactas originariamente por Miguel Enríquez y corregidas en desechar la “desviación foquista” por los viejos trotskistas, combinaba violencia política por medios ilegales con lucha política legal.  En 1967 se desplaza a la vieja generación trotskista y entra la joven generación “castro-guevarista” con sus tesis militares de “foquismo ortodoxo y guerrilla rural”. Congresalmente se aprobaba la adopción de la lucha armada. Y en 1968 se redactan las tesis militares llamadas “Estrategia Insurreccional”, una amalgama político-militar inspirada en Guervara, Mao, Fanon y Cuba que modificó la práctica ortodoxa del modelo guevarista a una “guerra popular, prolongada e irregular de carácter urbano”, sistematizada por teóricos cubanos y los tupamaros uruguayos. En el fondo, una combinación de guerrilla urbana primordial con apoyo de guerrilla rural, inviabilidad de la lucha electoral y la violencia política como respuesta estructural y reactiva al capitalismo.

Para la autora, tales modificaciones en las tesis militares de la joven generación sería un compendio de diversos autores militares clásicos de la izquierda, los cuales se sistematizaron en un “eclecticismo teórico”, adoleciendo de originalidad, ya que reflejaban los cambios políticos de los fracasos de las experiencias guerrilleras sudamericanas y mundial, y la lectura-propaganda de la Cuba revolucionaria como nuevas formas de relación política. Se producía en “equilibrio teórico” gimnástico que debía traducir la teoría militar a la realidad nacional según las simpatías políticas.

A pesar de ello, las tensiones político-generacionales no derivaron en una mayor crisis gracias a las relaciones de poder interno en la adopción de la lucha armada. Ya en 1966 la vieja generación trotskista había organizado estructuras militares de apoyo al partido para acciones de expropiación de armas y asaltos a bancos como financiación partidaria. La joven generación respondió en 1967, luego del viaje de Miguel Enríquez a Cuba, creando estructuras militares clandestinas sin el conocimiento del conjunto del partido y la dirección nacional. Concretamente, la joven generación mirista quedaba a la retaguardia del PS que creaba el Ejército de Liberación Nacional (ELN) como apoyo a la guerrilla de Guevara en Bolivia y después “La Organa”, demostrando que Cuba depositaba su confianza y representación en los socialistas chilenos para la guerrilla urbana y rural, mientras que M. Enríquez solicitaba insistentemente el apoyo financiero y técnico para educar cuadros político-militares. La señal de 1967 en desplazar al trotskismo de la dirección del MIR, sería un baluarte para Cuba en un secundario apoyo a la joven generación para su lucha armada en el país.

Sin embargo, a medida que se acercaron las elecciones presidenciales de 1969, las dos generaciones se enfrentarían por la línea política opuesta entre sí. La polémica central sería el llamado a no votar en las elecciones y a emprender la lucha armada hecho en la prensa política en el artículo “Elecciones, no: lucha armada único camino”, sin debate ni consulta a la dirección nacional ni a la base militante. Para la vieja generación, había que apoyar críticamente la candidatura de Allende e insertarse en la participación electoral, ya que arrastraba a grandes sectores de masas. Unido a ello el paso a la clandestinidad en provocación al gobierno DC por secuestro de un periodista en Concepción. Finalmente, entre diferencias ideológicas y apreciación del contexto político, en julio de 1969 la joven generación castro-guevarista expulsa a la vieja generación trotskista, gracias a red de estructuras armadas clandestinas que promovió cuadros dirigentes a posiciones políticas para desplazar la influencia trotskista en el MIR. En el fondo, la expulsión de los trotskistas, para la autora, era evitar la salida de miristas hacia el PS y su  impronta armada, por lo tanto, debía expulsar a la disidencia para adoptar una identidad política militar, ya que las críticas eran una amenaza para el proyecto de la joven generación.

Finalmente, y en un sentido tragicómico, aquella pugna por la lucha armada y el anti-cretinismo parlamentario de la joven generación mirista quedaría enmarcada en fórmulas pre-fabricadas y esquemáticas contra la propia realidad político-social. El triunfo de Allende derivó que el MIR pasara defender el gobierno de la Unidad Popular por ser el único capaz de ello, es decir, una defensa de la vía legal, parlamentaria y pacífica. Inversamente, la joven generación tuvo que retroceder en su idea guerrillera por un trabajo político-social de masas, similar a lo propugnado por los trotskistas, ya que las bases populares miristas eran más proclives a la lucha abierta, pública y social que al trabajo militar y clandestino de los Grupos Políticos Militares, las nuevas estructuras post-expulsión trotskista que combinaban la lucha urbana-social. Estas mismas bases serían las que impondrían el llamado del MIR a votar por Allende, donde el Comité Central se impuso ante la Comisión Política y la negativa de M. Enríquez y compañía.

En definitiva, esta obra presenta un excelente trabajo heurístico en la recopilación de diversas fuentes primarias, ya sea archivos judiciales, testimonios orales, prensa política y partidaria nacional, documentos políticos miristas e internacionales del trotskismo, con una hermenéutica que sostiene su tesis herética en base a una genealogía histórica que contrasta con dichas fuentes para estructurar una historia crítica y radical al predominio de la mitología mirista como expresión de la “nueva izquierda revolucionaria”. Sin embargo, la obra denota vacíos, no necesariamente adoptados como su marco teórico-político, en cuanto a aminorar la fundación del MIR como superación de la “crisis de dirección revolucionaria” señalada por los trotskistas, ya que la autora señala que no fue un hecho necesario o inevitable, ni por condición objetiva internacional ni por condición subjetiva de compromiso militante o generacional. Además que el trabajo hermenéutico tiende a expresar, minoritariamente, criterios analíticos unilaterales y esquemáticos en torno a juicios anti-cretinistas parlamentarios sobre la significación del ser revolucionario y la participación en las elecciones. Y por último, una carencia más analítica sobre las apropiaciones y prácticas como  cultura política en las concepciones y régimen de partido diferentes entre ambas generaciones militantes. En este punto se demuestran diferencias primordiales en el ejercicio de la deliberación democrática interna, ya que el quehacer de la joven generación adoleció de prácticas democráticas, por ejemplo, en la supresión del IV Congreso partidario en 1969, los cambios en la línea política desde la Comisión Política, el llamado a boicot electoral, la lucha armada y la clandestinidad. Aún así, la obra es un erudito trabajo historiográfico, que a pesar de estas insuficiencias menores, no desecha ser la cabecera de futuras investigaciones sobre el MIR.