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ESPAÑOL

Adiós Trump, ahora a enfrentar a Biden: EEUU entre lo malo y lo peor

Elio Colmenarez, Caracas (Venezuela)
Lucy Nicholson/Reuters

“Conozco al monstro porque viví en sus entrañas”

José Martí

A un mes de ocurridas las elecciones presidenciales en EEUU, sin datos oficiales, con Trump aceptando la conformación de las comisiones de transición, pero sin reconocer el triunfo de Biden, y a pocos días de las elecciones parlamentarias en Venezuela, que serán desconocidas de antemano por la OEA, algunos países de la comunidad europea y los países latinoamericanos agrupados en el “cartel de Lima”, en subordinación a la política de agresión contra Venezuela auspiciada por el derrotado Trump, es necesario un balance y ubicar algunas perspectivas del resultado electoral en los EEUU y sus consecuencias para Latinoamérica.

Cuestionado sistema electoral

Un tema destacado en las últimas contiendas presidenciales en EEUU, es el sistema de elección de segundo grado, donde realmente se elige los miembros de un colegio electoral que debe elegir al presidente, atribuido a Alexander Hamilton, uno de los fundadores de EEUU y de lo que hoy es el partido republicano, para evitar que la presidencia cayera en manos de “hombres sin principios en su vida privada … que avergüenzan al Gobierno en cada oportunidad posible”. El sistema de elección por etapas, buscaba impedir que la “masa ignorante” impusiera un presidente dejando esa decisión a hombres “de probada moralidad e intelecto” que integrarían el colegio electoral. No en vano, la primera propuesta de Hamilton era una presidencia vitalicia, en manos de un hombre probo y con suficiente riqueza para no caer en la tentación de la corrupción, pero con la posibilidad de un “impeachment” (figura creada por el) en caso de desviación. Tal propuesta le valió las acusaciones de “monárquico” por parte de Jefferson.

La asignación de la totalidad de los representantes de un estado solo al partido ganador, hacía que un posible grupo o partido, distinto a republicanos o demócratas, para poder tener representación en el colegio debía ganar al menos un estado. Esto ha provocado, históricamente, que la contienda presidencial norteamericana, sea un juego cerrado a dos partidos, imponiendo que corrientes alternas, progresistas, socialistas o identificadas como de izquierda, salvo contadas y valiosas excepciones, terminen incorporándose a estos partidos, principalmente el demócrata, para tener expresión en la campaña electoral.

El cuestionamiento al sistema de elección por etapa ha surgido con fuerza por el hecho que ya han sido varias veces que pierde la presidencia quien obtiene más votos entre la población por no obtener suficientes miembros en el colegio, contradicción que ha opacado escándalos del pasado donde miembros del colegio se cambiaron de bando votando a favor del candidato contrario. La decisión de una docena de estados de repartir proporcionalmente sus representantes al colegio, o de distribuirlos entre los distritos del estado, lo que ha hecho es enredar más el ya complicado y obsoleto sistema.

Sin embargo, a pesar de las crecientes voces a favor de las elecciones directas, común ya en muchos países, es muy difícil que los dos partidos que dominan el escenario político acepten un cambio de una sistema obsoleto pero que controla el surgimiento de corrientes alternativas, permite una limitada campaña electoral que se concentra en los estados “pendulares” (aquellos con una diferencia de votación pequeña que puede inclinarse a favor de uno u otro partido) obviando aquellos estados ya “definidos” para un partido y facilita la negociación de los lobbys. Por ejemplo, grupos de activistas sociales en New York, con millones de seguidores, tienen menos influencia en la política electoral presidencial que los grupos anticastristas y antichavistas concentrados en Miami, con apenas unos miles de seguidores. La razón es que New York, es un estado “definido” para los demócratas que superan el 70% de los votos, pero Florida es un estado “pendular” con escasa diferencia entre ambos partidos, lo que permite a estos grupos “negociar” con los candidatos, obligados a incorporar a su estrategia de campaña el discurso belicista contra Cuba y Venezuela tratando de inclinar el péndulo electoral a su favor. Por eso la política hacia Cuba y Venezuela tiene un espacio desmesurado en la contienda electoral.

Las denuncias de fraude

Como se trata de elegir los representantes de un estado al colegio, y no de la elección a presidente, cada estado tiene su propia legislación electoral que establece normas para la elección, para los candidatos, para los electores y para los escrutinios que pueden ser muy distintas de un estado a otro. Más que el sistema electoral por etapas, lo cuestionable son los millones de personas a los que se le niega el derecho al registro por distintas razones, principalmente, antecedentes penales e incluso situación de “quiebra económica”. Según activistas sociales norteamericanos superan los diez millones las personas a las que se le niega el registro, principalmente afrodescendientes. Pero en la última contienda, se agregó el hecho que muchas personas ya registradas no pudieron votar por errores en el registro o que no aparecían. Según la BBC, por lo menos un millón de personas les fue negado el derecho al voto por esa situación, lo que se repitió en estados republicanos y demócratas por igual.

Es obvio que un sistema obsoleto, con normativas disimiles, donde la mayoría de los conteos son manuales y cuando son computarizados no hay ningún respaldo ni auditoría, es altamente desconfiable y sujeto a manipulaciones. No es de extrañar que mucha gente no tenga certeza sobre el respeto al voto y que muchos grupos denuncien situaciones fraudulentas como en las elecciones de cualquier país del trópico. Pero lo sorpresivo es que en EEUU las denuncias de fraude provienen no de la calle, sino de la Casa Blanca.

En las elecciones pasadas, el partido demócrata del presidente Obama, denunció el fraude contra su candidata Hillary Clinton. Le correspondió a Blinken, entonces Subsecretario del Departamento de Estado que ahora asumirá la secretaría para Biden y su histórico asesor de Política Exterior  en el Senado, presentar el alegato de la intervención del gobierno ruso para favorecer el triunfo de Trump. A pesar del escándalo, la prensa le dio cobertura limitada, porque los argumentos eran risibles e infundados. Pero el premio mayor se lo lleva ahora Trump, de nuevo desde la Casa Blanca resuenan las acusaciones de fraude. El equipo legal del presidente, encabezado por Giuliani, ex alcalde de New York, quién sudando tinta (literalmente) insistió en el “fraude masivo” auspiciado con “dólares comunistas” provenientes de Cuba y Venezuela (dos economías bloqueadas por los EEUU), pero la vocera del equipo, despedida dos días después, fue más enfática al determinar que había sido Hugo Chávez, quien falleció en el 2013, antes que Trump asumiera la presidencia, sin precisar, como lo indicaría sarcásticamente la prensa norteamericana, si se trató de un plan previsto anticipadamente por el presidente venezolano o si se trató de una intervención paranormal.

Lo cierto, es que ante un iracundo Trump denunciando fraude, los monopolios mediáticos le cerraron el paso imponiéndole el bloqueo mediático. Al presidente de EEUU, las redes sociales lo trataron como a cualquier personero del gobierno chavista a los que les bloquean las cuentas en Twiter, Facebook y otras redes sociales, por censura a los contenidos. El argumento que sus denuncias eran irracionales y carecían de fundamento, son realmente risibles si se tiene en cuenta que son tan irracionales y no tienen menos fundamento que las esgrimidos por los grupos opositores en Venezuela y Bolivia cuando denuncian fraude y que esos mismos medios se encargan de regar por el mundo como ciertas.

Una OEA genuflexica

Después que las recientes elecciones en Bolivia pusieron en evidencia el sesgado papel de la OEA que condujeron al golpe contra Evo hace un año, Almagro intentando una huida hacia adelante, anuncio un “despliegue de la observación electoral en el proceso norteamericano”, dejando entrever que ningún país escapaba al seguimiento de la OEA, pero los EEUU se encargaron de ponerlo en su sitio. Las legislaciones electorales de los estados prohíben la observación electoral, no sólo la internacional, sino incluso de grupos de otros estados del propio país. Por diligencias del Departamento de Estado, apenas lograron estar presentes en cinco estados, limitados a las afueras de los centros de votación y alejados de los centros de escrutinios.

Esa limitación no fue mencionada en el informe de la OEA que se apresuró a destacar la “normalidad con la que se desarrolló el proceso”, precisamente cuando el presidente Trump denunciaba fraude e iniciaba acciones legales paralizando los conteos electorales en varios estados, varios consejos electorales estaban rodeados de grupos armados partidarios de Trump y grupos anti Trump se movilizaban en varias ciudades enfrentando a los cuerpos policiales. Los grupos armados pro Trump no merecieron la alarma que provocan los puntos rojos chavistas o los grupos del MAS, que según la OEA hostigan los centros de votación, no usa el apelativo de “oficialistas” para referirse a los grupos que apoyan al candidato a favor del gobierno como acostumbran en los países latinoamericanos y las miles de denuncias de irregularidades durante el proceso que llenaron la prensa se limitaron a “observaciones que fueron manejadas apropiadamente por las autoridades electorales” en lo que consideran “el sistema democrático más avanzado del mundo”. Para lo único que sirve el informe de la OEA es para demostrar que la pasión de lamebota de Almagro no tiene ninguna mesura.

Y se hace necesaria una comparación con el sistema electoral más cuestionado por la OEA y los monopolios mediáticos. En Venezuela el sistema es totalmente automatizado, pero el elector recibe de la máquina de votación una constancia del voto realizado que, una vez revisado y confirmado por el elector, es depositado en una urna de votación. Esto permite dos procesos paralelos, uno computarizado y otro manual que verifica la validez del primero, toda vez que más del 60% de las mesas (y en varias ocasiones todas) son escrutadas la misma noche de la votación sirviendo de auditoría pública del escrutinio computarizado. Todos los miembros y testigos en la mesa de votación reciben una copia del acta de escrutinios, que permite a las organizaciones participantes la verificación de los escrutinios centrales. Está prohibida cualquier proyección electoral y anuncio de los medios sobre resultados electorales antes de la emisión del primer boletín oficial que, aunque parcial, se anuncia cuando la tendencia del candidato ganador es irreversible (la diferencia con el que le sigue es mayor que los votos aun no escrutados). Desde su automatización en 2004, ningún escrutinio ha superado las cuatro horas después del cierre de la última mesa de votación, y a pesar de la campaña nacional e internacional contra el sistema venezolano, en 16 años ninguna organización ha presentado un acta de votación de alguna mesa que difiera del escrutinio que es publicado en la web.

La paradoja de la OEA, auspiciadora para los EEUU de la creación del “cartel de Lima” de gobiernos del continente para atacar a Venezuela es que terminó ocurriendo que Venezuela es hoy por hoy, con todo y el bloqueo imperialista, el país con el sistema electoral más confiable, con más democracia y más estable que cualquiera de los gobiernos pertenecientes al “cartel de Lima”

La crisis politica electoral en EEUU

Más que los problemas técnicos y jurídicos que hace del sistema electoral de EEUU uno de los más desconfiables del planeta, hay una crisis política que amenaza volar por los aires el sistema bipartidista que ha garantizado la estabilidad de EEUU. La evidencia de las afirmaciones sobre que estas han sido las elecciones mas polarizadas en su historia son el hecho de que ha sido la participación más alta en más de un siglo, a pesar de los millones de personas a los que se le niega el derecho al voto. Sin embargo, la polarización tiene aspectos particulares que es necesario destacar.

En un país donde más de la mitad de la población muestra poco interés por los procesos electorales, el último aumento importante en la participación se dio cuando ganó Obama la presidencia. Entonces la candidatura demócrata atrajo al proceso electoral a muchos sectores de clase media y obrera, identificados como progresistas y liberales (que en EEUU se les llama de izquierda sin serlos) quienes confundidos por el color de la piel de Obama creían que realmente estaban votando por un negro. Para muchos sectores intelectuales y universitarios, una demostración de una postura radical era decir públicamente que habían votado por Obama.

Pero a pesar de su piel, Obama era tan blanco como Clinton, de la generación yuppie que copó los escenarios de Wall Street y las oficinas de gobierno, exudando éxito con trajes cortados a la medida y cabellos perfectamente afeitados. A pesar de los vientos de cambio vaticinados, el gobierno de Obama resulto tan guerrerista como los gobiernos republicanos, se persiguió a los inmigrantes, se profundizo la crisis social que excluye a millones de norteamericanos del derecho a la salud, a la vivienda y a un empleo digno, y se mantuvo el declive económico que desde hace varias décadas afecta a la principal potencia capitalista. Obama resultó un fiasco, y lo que se vaticinaba como el inicio de un largo periodo demócrata terminó sucumbiendo ante el fenómeno Trump.

A pesar que los medios presentaron a Trump ajeno a la imagen del norteamericano promedio, el profesional habitante de los suburbios que destacan las series televisivas, la realidad es que muchos norteamericanos se parecen más a Homero Simpson, que al Mr. Rogers personificado por Tom Hanks, y se identificaron con Trump, un patán soberbio con mucho dinero, chovinista, racista e inculto, con la irreverencia del que se cree con derecho a  comprar y atropellar a quienes los rodean, que está más en el ideal norteamericano, educado en el bullying y el guerrerismo, que odia la clase política citadina, a quien acusa de la crisis económica que muchos asocian al retroceso del poderío de EEUU en la economía mundial. Trump encarnó un sector de la clase media norteamericana, ajena a la política y sometida al retroceso económico, como en la década de los treinta, lo hicieron Hitler y Mussolini, prometiendo la vuelta al esplendor imperial de tiempos pasados.

Ya Norteamérica había tenido un fenómeno similar a Trump, con otro patán chovinista y millonario que fue Perot, pero este era un outsider al margen del bipartidismo y fue rápidamente controlado, pero Trump jugó con las reglas del bipartidismo y será el candidato del partido republicano con un discurso que calaba en una clase media belicista e imperialista. Durante el gobierno de Obama, el jefe militar de las tropas en Afganistán, dio unas declaraciones a la revista Rolling Stones, donde criticaba al gobierno de Obama refiriéndose a Biden, en la práctica, jefe de la política exterior, como que “no tenía idea de lo que estaba haciendo”. Inmediatamente Obama procedió a su remoción porque “violaba la necesaria subordinación de los militares al poder político civil, piedra angular de la democracia”, lo que suena risible cuando la instrucción de la llamada Escuela de las Américas, dedicada a la formación de oficiales militares de otros países del continente, es que las fuerzas armadas están llamadas a “controlar que el poder civil no se desvíe”.

La remoción del jefe militar en Afganistán, fue usado por Trump para demostrar que los esfuerzos del norteamericano eran pisoteados por la clase política. La campaña de Trump se burló de sus trajes, de sus cortes de cabello, de su andar abstraído, su pedantería, su permanente sonrisa de selfie y logró enardecer al norteamericano común que odia esa clase política sin decirlo. Trump se convirtió en el adalid del chovinismo, el racismo y las aspiraciones imperiales del norteamericano que viene siendo golpeado por la crisis económica. Trump será la imagen de la nueva ultraderecha dentro y fuera de los EEUU.

Trump, en la Casa Blanca, manejo al gobierno interno y la política exterior de EEUU con la patanería, soberbia e irrespeto por la gente con la que cualquier empresario norteamericano maneja su negocio. Eso caló en un sector de la sociedad norteamericana donde de exacerbó el patrioterismo chovinista y racista, pero su política no fue distinta que la de los gobiernos de Bush y Obama que le precedieron. Trump intento presentar como logros importantes el avance en factores macroeconómicos, la panacea de los neoliberales, basado en el aumento de empleo precario y por horas, que obliga a los sectores más oprimidos de la población a tener varios empleos para garantizar un ingreso mínimo. Atacó los organismos multilaterales bajo la consigna de “estás conmigo o en mi contra” acorde con la idea de un EEUU dueño del mundo. Pero incluso, uno de los aspectos de su accionar más criticados por los medios, el trato a los inmigrantes, Trump lo que hizo fue aplicar radicalmente las medidas aprobadas por el gobierno de Obama-Biden. En el caso de Venezuela, fue el decreto ejecutivo, redactado por Biden, que declaró a Venezuela “una amenaza inusual a la seguridad de EEUU” la que sirvió a Trump para legitimar más de un centenar de medidas de coerción, bloqueo y aislamiento contra la economía venezolana.

Polarizacion y movilización

Pero sería la pandemia del corona virus, la que pondría en evidencia la criminal política chovinista y clasista desde la Casa Blanca. Con más de un cuarto de la población sin acceso a los sistemas de salud prácticamente privatizados, la negativa del Trump a dedicar recursos para un plan de protección a la población que hubiese afectado los logros macroeconómicos de su gobierno, convirtió a EEUU en el centro mundial de la pandemia. Las escenas de fosas comunes y gente muriendo en las calles se sucedieron como en un país del tercer mundo. La idea de que “se salve quien tenga la capacidad de hacerlo”, los ataques a la OMS y cargar la responsabilidad a China por la propagación del COVID, fueron cónsonas con la patanería, soberbia e irresponsabilidad con las personas del gobierno de Trump, típica de los que se creen los dueños del mundo y que opinan que los pobres son una carga demasiado pesada para la sociedad. Eso fue Trump, ciertamente. pero eso es también el neoliberalismo.

El asesinato de un joven negro norteamericano por la policía se convirtió en el detonante que movilizó a los sectores más oprimidos de la población contra la propaganda chovinista y racista que surgía de la Casa Blanca. Aunque el eje de las movilizaciones fue la lucha contra el racismo, la incorporación de miles de jóvenes blancos demostró que el sentimiento contra un sistema que oprime y excluye a millones de norteamericanos se extendió a todo el país. La represión desmedida contra las manifestaciones esparció como fuego la lucha contra la exclusión y represión social. En algunas ciudades, los choques de los manifestantes no se limitaron a la policía, sino también con grupos neofascistas que quisieron bloquear y atacar a los manifestantes. Estos grupos han proliferado bajo el gobierno de Trump y ya habían alcanzado notoriedad cuando varios grupos armados se dirigieron a la frontera sur de EEUU para impedir el ingreso de una marcha de inmigrantes que provenía de Centroamérica.  Las acciones de estos grupos, los “cabezas rapadas”, atacando a las comunidades de inmigrantes, de afrodescendientes y a los sexodiversos, se convirtieron en un hecho común bajo el gobierno de Trump. Derrotar a Trump, sacarlo de la Casa Blanca se convirtió en el objetivo principal de las manifestaciones antirracistas que se mantuvieron casi diarias durante toda la campaña electoral y en medio de la creciente pandemia.

Sin embargo, la trampa del sistema electoral funcionó en contra del pueblo norteamericano. Para sacar a Trump había que votar por Biden, de nuevo la única opción era escoger entre el binomio Republicanos-Demócratas, una trampa que tiene ya dos siglos. Pero a diferencia de muchos procesos electorales anteriores, la polarización no reflejó las preferencias por uno u otro candidato, sino que reflejó la división de la sociedad entre los que luchan contra un sistema opresivo y excluyente, y un sector chovinista, racista y proimperialista. Biden, y la clase política demócrata, los yuppies, sólo fueron un vehículo para derrotar a Trump, que también logró movilizar a su favor un sector importante.

No fueron los actos políticos del candidato Biden, con llenos nada especiales, los que se convirtieron en el eje de la campaña contra Trump, sino las movilizaciones callejeras que se mantuvieron a lo largo de la campaña. Por otra parte, Trump es derrotado a pesar de haber aumentando la votación obtenida en las pasadas elecciones, lo que significa que logro incrementar el apoyo a su política chovinista. La masa de nuevos votantes, se dividió entre el apoyo a Trump y la lucha contra Trump, demostrando la polarización y división política en el seno de la sociedad norteamericana. El mapa político de EEUU se trastocó como nunca antes, estados que formaban parte de los “definidos” por un partido u otro, cambiaron totalmente y en varios estados las diferencias fueron menores al dos por ciento de la población votante. El proceso electoral se aventura como el inicio de un proceso político que podía hacer estallar el bipartidismo y un sistema electoral poco confiable que son el sostén principal del modelo político norteamericano.

La lucha contra Biden va a comenzar

A diferencia de Obama y Trump, Biden llega a presidente con muchas dudas sobre su respaldo real, ya que fue más un voto contra Trump que a favor de los demócratas. Las presentaciones públicas de Biden durante la crisis electoral estaban inusualmente vacías mientras miles de manifestantes poblaban las calles contra Trump pasando por encima de las amenazas de la policía y de los grupos armados a favor de la continuidad del gobierno.

Esta debilidad de Biden lo hace más peligroso que un mono con una hojilla. Biden tiene el mandato de recomponer la sociedad norteamericana dividida, por lo que posiblemente se hagan concesiones a las aspiraciones de los sectores movilizados contra Trump que exigen menos exclusión, empleos dignos y acabar con la represión social, pero también intentara congraciarse con los sectores chovinistas y racistas que se movilizaron a favor de Trump y que representan parte importante de la población votante. Parte del esquema del sistema norteamericano, es que uno de los objetivos más importante de un presidente electo es garantizar la reelección en cuatro años. Eso va a crear roces con los cientos de grupos de activistas sociales, que tomaron fuerza en las movilizaciones de este año, y que se sumaron a la campaña demócrata para derrotar a Trump y tienen aspiraciones de cambio que Biden no va a otorgar, no por las buenas.

Con escaso dominio del Congreso y mucho menos del sistema de Justicia, intervenido por Trump con designaciones personales, Biden será un presidente del bipartidismo, buscando reforzar el pacto histórico Republicano-Democrata al que Trump le provocó fisuras con su estilo personalista. Con varias décadas de gestión en la Comisión de Política Exterior del Senado, Biden forma parte de lo que los politólogos norteamericanos llaman el deep state (estado profundo), el poder real detrás del trono, invariable ante los cambios de presidente y de partido en la administración de la Casa Blanca, donde las diferencias entre demócratas y republicanos se subliman en función del “interés supremo del ideal norteamericano”.

En política exterior, obviamente Biden intentará recuperar el control del multilateralismo, al que Trump agredió mientras ganaban espacio Rusia y China, pero no se trata de abogar por organismos multilaterales independientes sino al servicio de la política exterior norteamericana como era lo tradicional. Blinken, al frente del Departamento de Estado, eterno asesor de Biden en política exterior, es militante del “destino manifiesto” de los EUUU, cree firmemente en el “liderazgo necesario de los EEUU, para orientar el destino de los países del mundo, sin el cual perderían la ruta y se sumirían en el caos”. Biden y Blinken, se les señala como los arquitectos de la política de intervención en Latinoamérica. más allá del tradicional ámbito militar y diplomático, ganando adeptos directamente en los congresos y en el sistema judicial de los países, para aumentar el control sobre los gobiernos locales, aupando los impeachment, inhabilitaciones y procesos judiciales contra dirigentes políticos que pusieron fin a la llamada “etapa rosa” de gobiernos progresistas que surgieron en la época de mayor influencia de la revolución bolivariana en la región.

La permanencia de Biden en la comisión de política exterior, al igual que Blinken, los hace necesariamente fichas del complejo industrial militar norteamericano para los que la guerra es un negocio más que una política. Ambos están implicados en todas las guerras imperiales iniciadas desde Reagan. No en vano, un activo guerrerista de la gusanera cubana, es anunciado como el primer latino en asumir la oficina de seguridad interior para Biden, por lo que no se descarta una nueva etapa de guerrerismo a nombre de la protección de los derechos humanos y la expansión de la democracia liberal,

A pesar del anuncio de los demócratas de un “cielo claro después de la tormenta”, lo que parece avecinarse son tiempos tan oscuros como lo fueron con Trump, pero con una diferencia sustancial a su antecesor: el pueblo norteamericano ha despertado y con la movilización adquiere conciencia de su propia fuerza para producir los cambios que el bipartidismo no les va a otorgar. Así que la lucha contra Biden va a comenzar donde termino la lucha contra Trump, cuando se logró la histórica victoria de sacarlo de la Casa Blanca.